Opinión / Ángel Tomás Herrera

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Cosificación

3/4/2018 1

Cosificación

Ángel Tomás Herrera | Abogado y Mediador

Cada vez que compramos en el supermercado una bandeja de carne, perfectamente cortada, olvidando de donde proviene; cuando regalamos aquel perrito que vimos en el escaparate como el que entrega un juguete; cada vez que nos referimos a aquella modelo de pasarela como el trozo de carne de la bandeja o cuando transformamos en números de una estadística aquellos niños sirios muertos por las bombas o en simples recortes de gastos ese grupo de trabajadores afectados por un expediente de regulación de empleo, siempre estamos cayendo en el siniestro universo de la cosificación. Ese mundo retórico inventado por nuestra ignominiosa sociedad, globalizada y consumista, que atribuye cualidades de objeto a un ser vivo, y que está regido por la prosopopeya que reduce a la condición de cosas las personas, los animales y las relaciones sociales.

La reciente reforma del Código Civil, Ley Hipotecaria y Ley de Enjuiciamiento Civil para que las mascotas sean consideradas sujetos de derecho y no cosas o bienes se encuadra en esa batería de reformas legales y judiciales sobre la igualdad de sexos, la paridad salarial o las medidas contra la violencia de género que intentan luchar contra el trasfondo cosificador, es decir, contra esa generalizada estrategia de reducir lo vivo a lo inerte. Mucho hablamos de la inversión de los valores éticos y morales en nuestra sociedad, pero nada lo evidencia tan claramente como la tendencia a considerar la vida humana como una cosa o una mercancía, despojándola de su valor intrínseco, de esa alma o animus vivendi.

La reificación dibuja los destinos de nuestra sociedad, tecnológica y esperpéntica, en la que sólo las apariencias cambian y parecen estar vivas, mientras - como decía Novalis - “el sentido de la vida se ha perdido”. Las nociones de alienación social y fetichismo de la mercancía que ya planteó Marx son los cimientos de la reificación o cosificación de hoy, no sólo de los individuos, sino también de las relaciones humanas y sociales, que se transforman al reificarse en meras relaciones de consumo de unas personas respecto a otras; libres de empatía y sensibilidad, exentas de escrúpulos y dignidad, pues ya no tratamos con “personas” sino con “cosas”.

La cosificación de género, sexual, femenina, animal, laboral, social, etc… son las diferentes versiones de esa insana costumbre de reducir los seres vivos a simples objetos. Transformar lo complejo en simple, reducir la vida a lo inerte e inanimado es la antesala que hace más fácil e impune la toma de decisiones, la declaración de guerras, la subida de impuestos, matar, despedir, violar, maltratar, insultar, despreciar, traicionar… olvidar. En este trolebús de existencias solitarias y mundos rotos, de rostros inexpresivos que parecen ser siempre el mismo, con una pátina de desolación y melancolía, la persona se transforma en máquina y la máquina sueña con poseer la humanidad que se desangra en las calles.

Cuando uno observa las "cabezas compuestas" de Arcimboldo, el estilo metamórfico de Ishida o el surrealismo cósmico de Dalí, Magritte o Varo siente que la reificación tiene rostro. Cuando uno lee en las imágenes distorsionadas de Orosz y Buñuel, y recorre los renglones torcidos de Tzara y Cernuda, comprende de inmediato que la siniestra cosificación posee cuerpo y voz, que siempre ha sobrevivido cosida a nuestra piel, y ha venido para quedarse. Que es esa antigua esclerosis que asfixia aquello que tiene vida, reinando en nuestra bulliciosa sociedad para reducir la existencia al sarcasmo, al disfemismo del objeto, es decir, a la prosopopeya, al surrealismo, a la metamorfosis… a la nada.

“Si mis ojos se cierran es para hallarte en sueños detrás de la cabeza, detrás del mundo esclavizado, en ese país perdido que un día abandonamos sin saberlo”. Luis Cernuda.

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