Opinión / Ángel Tomás Herrera

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Tumbas sin Nombre

11/3/2018

Versos y mantras de la Rosa de los vientos

Tumbas sin Nombre

En estos días, mientras las coloridas flores engalanan cementerios y columbarios y los cirios iluminan las imágenes de los que una vez respiraron, de quienes ya no están entre nosotros, son muchas las tumbas huérfanas de la caricia de una mano querida, ausentes de flores, sin nombre.

Ángel Tomás Herrera /Abogado y Mediador | Estatua de bronce del “Inmigrante en busca de una Utopía”, del artista noruego Fredrik Raddum.

Esas sepulturas sin nombre pertenecen a los arrojados por el destino a nuestras playas, las mismas en las que caminamos, amamos y sonreímos. La libertad, que no conoce fronteras, viene sembrando de fosas anónimas los cementerios de esos pueblos blancos que miran al Mediterráneo, convertido en una enorme y silenciosa fosa común. Se calcula que más de 20.000 personas se han dejado la vida durante su travesía mortífera y desesperada hacia este Edén de papel couché e hipocresía en los últimos veinte años. Un ejército de hijos de nadie, de dueños de nada, que se ven empujados a migrar por culpa de las guerras, las hambrunas, el desempleo y la ausencia de futuro en sus regiones de origen.

Refugiados, migrantes, personas. Estos últimos años se han alcanzado más de 300 millones de migrantes y desplazados a escala planetaria, y la ONU vaticina un aumento progresivo de las migraciones y movimientos poblacionales en todo el mundo, cruzando las fronteras de lo que solemos llamar países “desarrollados” en busca de un porvenir.

Mientras aumenta la xenofobia y los partidos populistas y fascistas en esta vieja Europa, usando como chivo expiatorio al inmigrante, en todo el mundo crece la miseria, las migraciones masivas y la aporofobia. Y en este mar de desdichas nuestro país se deja llevar por la crítica fácil y las guerras bizantinas con filo de concertina sobre independentismos, sediciones y fronteras históricas que nos conducen al callejón sin salida de la intolerancia y los extremismos.

Este 1 de noviembre se han cumplido 30 años de la primera muerte documentada de una persona inmigrante en el Estrecho de Gibraltar. Fue en el año 1988, cuando el mar arrojó el primer cuerpo de un migrante marroquí que trataba de alcanzar las costas españolas en la hermosa playa tarifeña de los Lances. Desde entonces se ha venido escenificando la misma crónica negra y repetida, con sabor a salitre y desesperación, que dibuja de pateras destrozadas por el temporal los arenales y siembra de vidas rotas ese milenario brazo de mar que nos une y separa de ese viejo continente, África. Este sinsentido en busca de la tierra prometida ya se ha cobrado en el Estrecho más de 8.000 vidas. Se calcula que por cada persona rescatada hay tres desaparecidas. La llamada ruta del Mediterráneo Occidental cada vez se está cobrando más vidas, mientras se ha convertido en un suculento negocio para las mafias dedicadas al tráfico de personas y drogas.

La solución no se antoja fácil. No podemos tapar el sol con un dedo ni caer en la insolidaridad de “mirar para otro lado” como ha hecho Italia y otros países mediterráneos. Colaborar y ayudar a los que sobreviven en su particular viaje a Itaca está muy bien, pero debemos tener altura de miras, y pensar que este gran problema debe solucionarse a nivel comunitario e internacional. El problema de las migraciones se va a ir incrementando con el tiempo, no sólo por motivos políticos y económicos, conflictos bélicos, pobreza, violencia o escasez de recursos, sino también por causas ambientales que provocan sequías, desertificación, subida del nivel del mar u otros fenómenos relacionados con el cambio climático (emigrantes o refugiados ambientales). Quizás la gran panacea para solventar este drama pase por un cambio económico y comercial global, unas políticas sociales y progresistas de los países “desarrollados” hacia los países tercermundistas y emergentes, que puedan propiciar un desarrollo endógeno, social y ambientalmente equilibrado, en los territorios y regiones de donde proceden los inmigrantes.

En cuanto a nuestro país, necesitamos de políticas efectivas, organización y un ejercicio amplio de empatía y sensibilización hacia este asunto que va a más. No nos indignemos tanto por exhumar a un genocida y preocupémonos más por esas sepulturas anónimas, que atesoran fugaces existencias truncadas por una bala o la fuerza del mar, al borde de aquella cuneta, en el lecho marino o en ese cementerio hoy engalanado. Tenemos tantas razones para hallar una salida; tenemos demasiadas fosas comunes en el fondo del mar y en el vórtice del olvido.

Mi recuerdo para esos héroes que el destino les reservó una tumba sin nombre.

Somos como mariposas que vuelan durante un día pensando que lo harán para siempre”. Carl Sagan.

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