Opinión / Rafael Fenoy Rico

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Cuando de educar en competencias no se tiene ni idea

12/3/2017

Rojo y Negro

Cuando de educar en competencias no se tiene ni idea

Rafael Fenoy Rico | Secretario de Comunicación Educación de la Confederación General del Trabajo (CGT)

Corren por las redes sociales textos anónimos que a base de pretendidos chascarrillos y ejemplificaciones “jocosas” pretenden predicar algo, siempre negativo, sobre la llamada educación por competencias. Es preciso afirmar claramente primero que este enfoque profundamente educativo nació muy pronto en la historia de la educación, no es nuevo y segundo que sería deseable poderlo aplicar con carácter general en toda la educación.

Sin embargo cuando los políticos hablan de educar en competencias, se sitúan en realidad ante un nuevo “invento” léxico, es decir uso exclusivo de palabras, que la administración educativa diviniza a fuerza de celebrar actos litúrgicos-formativos con centenares y miles de docentes. De esta forma los políticos inventan abstracciones, para evitar transformar de verdad la realidad educativa de cada centro tan necesitada.

Un político tiene la ocasión de leer un libro de un profesor universitario, o mejor aún tiene una entrevista con el tal, o mucho mejor alguien se lo cuenta, y se le enciende una, de las pocas luces que tiene, y visiona una nueva estratagema para sin seguir haciendo nada de nada en esto de la mejora de la educación, sobre todo de las clases populares, dar la impresión, a la pléyade de votantes de su partido, que está en ello, que se preocupa “de verdad” por la educación del pueblo.

Lo cortés no quita lo valiente y hay que decir que aunque se hable mucho de educación por competencias pocas gentes tienen pajolera idea de qué va esto. Porque si de verdad la administración educativa quiere “apostar”, palabra maldita, en ese modelo, los recursos humanos y materiales deben aumentarse exponencialmente. Trabajar personalizadamente, no hay otra forma de hacerlo, para desarrollar el nivel competencial que cada cual tiene, exige unos profundos cambios en las prácticas educativas de los centros escolares. De momento olvidémonos de un programa rígido, cargado de contenidos y actividades idénticas para todos, el respetar los tiempos de estudio y ocio es imprescindible, preguntarse y observar a cada cual sobre sus potenciales zonas de mejora en los aprendizajes, diseñar propuestas educativas que se ajusten a ellas, realizar conjuntamente con cada cual el proceso de enseñanza aprendizaje, interviniendo exclusivamente para ayudar a comprender al alumnado donde debe corregirlo y valorar tanto el proceso seguido como el resultado, que siempre se traducirá en una mejora de la competencia del alumno para comprender, sentir, hacer o expresar algo aprendido. Y ello creando un clima de respeto a la diversidad y de ausencia de tensiones. ¿Es eso posible asumiendo la responsabilidad de enseñar en varias clases repletas de alumnado?

Por otro lado introducir cambios en las escuelas es una tarea que se antoja difícil de realizar si el profesorado no está, primero, conforme y, segundo, formado en ello. Porque los políticos que se meten en esto de la educación no han comprendido, después de 40 años de esta larga transición, de que las reformas no se pueden hacer por decreto. Y que quienes son responsables de desarrollarlas tienen que estar convencidos que con ellas se mejora lo que es necesario mejorar. Si encima lo que se les viene encima es más papeleo mucho peor. Seguirán haciendo lo que saben hacer de manera más penosa y por tanto menos eficiente, esperando que otro palabro sustituya al actual, para mayor gloria de políticos reformadores.

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