TOROS: Se han lidiado toros de la ganadería de Alcurrucén, aceptables de presentación e interesante en su juego. Destacaron por calidad y nobleza el tercero y el cuarto. El peor, el manso y parado sexto.
ESPADAS: -Antonio Ferrera, de grana y oro, saludos tras aviso y una oreja.
-Alejandro Talavante, de celeste y oro, saludos y silencio tras aviso.
-Daniel Luque, de canela y oro con los cabos negros, dos orejas y saludos.
CUADRILLAS: Se desmonteraron tras parear los sevillanos Raúl Caricol en el tercero y Curro Robles en el sexto.
INCIDENCIAS: Tres cuartos de plaza.
Manuel Viera.-
De parte de Daniel Luque. De parte de él, de su toreo y de su acusada ambición escribo lo visto. O lo imaginado. O, quizá sí, lo real. Como real como la vida misma fue el sugerente resultado de una sucesión de naturales que provocó una especial emoción en los tendidos. Tan real fue que estimuló los sentidos hasta convertir el trazo de cada pase en trayecto visual difícil de describir. Todo lo ocurrido abajo fue tan especial, tan sentido, que el efecto se convirtió en algo inevitablemente emotivo: la intensidad de un natural frente a la grandiosa capacidad de un torero de verdad.
Cada trazo a izquierda fue una realidad, y a su vez una emoción intensa que permanecerá latente en lugar imaginario con el tiempo detenido. Despacio, muy despacio. Atrás, muy atrás. Tan sólo Daniel Luque desveló al final, en sentido remate, el movimiento real de la tela. Temple. Verdad. Toreo que brota monumental con no más ambientación que la emoción.
Luque emotivo, valiente, sentimental, alegre, clásico, ambicioso… y artista. Por si al torero de Gerena le faltaba algún adjetivo, esta tarde en la Maestranza se ha hecho acreedor de todos ellos. Lo ha hecho a bases de torear.
Siempre se ha dicho que cuando el primer paso está dado, la mitad del camino está recorrido. Daniel Luque lo dio de manera fulgurante en un comienzo en el que el valor y la ambición eran cada tarde su carta de presentación. Y en eso sigue, representado así su papel de orgulloso gallito de una temporada completa de triunfos, y tomándose muy en serio lo que ha de hacer para así enmendarle la plana a cualquiera que intente sentar las bases en el toreo. Imprevisible en el ruedo, trata de encontrar nuevas vías en sus formas para así seguir conectando con un público entregado a su verdad. Luque firmó con la estocada al tercero -el buen toro de Alcurrucén- una faena en la que mantuvo su poder de transmisión hasta el último momento. Y lo hizo con un toreo flexible y lleno de expresividad desde los fenomenales lances a la verónica hasta la sobriedad y el purismo del natural, pasando por los elegantes ayudados por alto, el pase por bajo, los cambios de mano, la lentitud en el toreo diestro, la ligazón… y la particular muestra de la que llaman ‘luquesina’ consistente en continuos cambios de mano para hacer recorrer en forma de ‘ocho’ la embestida del toro. Es decir: notable demostración de estilo en la que se pone de manifiesto el verbo ligar.
Y cuando el cerrojo de la del Príncipe se encontraba a medio quitar, el sexto, manso y malaje, le privó de redondear una tarde que fue suya de principio a fin. No obstante, y pese a su decisión, las circunstancias de algún que otro enganchón, un inoportuno desarme y un par de de descabellos le privaron de tan gran honor.
Antonio Ferrera se encontró, quizá, con uno de los mejores toros de la temporada en la Maestranza. El bravo y noble cuarto tuvo embestidas de ensueño por el pitón derecho. Ferrera, que no se empleó con la capa y estuvo simplón con las banderillas, pese a su conocida espectacularidad en la suerte, prologó faena con dos series diestras con las que consiguió templar e hilvanar la boyante calidad del toro de los Lozano. Y no hubo más. No lo vio claro en los intentos al natural y se afligió cuando de nuevo se echó la muleta a la diestra. De todas formas, y tras estocada desprendida, un público eufórico y generoso le concedió la oreja. Al encastado y complicado primero, al que le puso un enorme par de banderillas al quiebro, no le pudo con la muleta. Faena deshilvanada, con demasiados enganchones, y sólo la muestra en el epílogo del un par de naturales en toreo vertical. Con la espada muy mal.
Alejandro Talavante es seguramente uno de los toreros más extraño que he visto en una plaza de toros. Durante su cortísima vida en los ruedos se hizo de una fama que no era baladí. Y todo aquel amante de lo puro lo tenía en un pedestal. Al fin y al cabo sorprendió con un toreo de características ‘tomasistas’ haciéndolo suyo y muy personal. Después nadie esperaba que su contribución a la moderna tauromaquia fuese tan fugaz. Desorientado, triste y abúlico, lo auténtico lo convirtió en banal y la emoción pasó a ser sopor. Hoy ha vuelto a las andadas. No le salió su toro y se contagió de inmediato de la floja sosería del segundo y de la cansina embestida del manso y parado quinto. A ambos lo mato mal.
Buena e interesante corrida de Alcurrucén con la que se pone el punto final a la Feria de San Miguel y al mediocre abono de la temporada de 2009 en Sevilla.