El Reportaje / Ramón Chamizo

4/6/2009 5

Crónicas de un cartero, Manuel Chicón Guerrero

R. Ch.

Manolo Chicón trabajó para Correos en Los Barrios durante las últimas cuatro décadas, casi cuarenta años, y se jubiló el pasado 13 de febrero . Es conocido por la gran mayoría de los barreños y está, pues, en la memoria de este pueblo. Las líneas que siguen recogen algunas de sus impresiones y parte de sus recuerdos, después de prácticamente media vida ejerciendo el oficio de cartero.

Chicón con el uniforme de repartidor de telégrafos

Llegué a Correos de la mano de Francisco Ribera Guerrero, más conocido como Chanani. Me presenté para cubrir las vacaciones de los meses de junio y julio que correspondían a los carteros que ejercían entonces: Rafael Pino y Juan Benítez. Corría 1973. Meses después, concretamente, en noviembre de ese mismo año, se creó una nueva plaza de repartidor de telégrafos y accedí a ella, convirtiéndome en el primer y último repartidor de telégrafos que ha tenido el pueblo de Los Barrios.

En mi trayectoria de más de 35 años, pasé por momentos de agobio, pero también días muy buenos, y es que treinta y cinco años dan para mucho-.

En aquellos días de 1973, era jefe de Correos Julio Sánchez Carrera, que, además, ocupaba el cargo de alcalde de la localidad. Era un buen hombre y conservo de él un gratísimo recuerdo.

Mi primer compañero fue Juan Benítez Rivera, para mí un gran profesional y, sobre todo, un gran maestro. También tuve como compañeros a José Antonio Pino (Toto), Antonio Sánchez, Manuel Chaves, Patrick, Guillermo, Eduardo, András, Anita, Antonio Vargas, Fosela, Fabiola, Elena, Juande y, por supuesto, no podía olvidarme, Manoli y Paqui Santos y Mena Amores. Todos ellos, unas excelentes personas.

Podría contar un sinfín de anécdotas después de media vida prácticamente ejerciendo el oficio, pero necesitaría más espacio del que dispongo en la página de este periódico. Recuerdo, por ejemplo, la vez que fui a dejar una carta en una casa y al empujar la puerta de entrada, que estaba entornada, para soltar el sobre, se cayó el postigo. O aquella otra ocasión en la que me tocó entregar un telegrama de pésame a un extranjero residente en Los Barrios y cuyo padre había fallecido. Como el hombre me era conocido yo aproveché y le transmití también mis condolencias y él se echó mano a la cartera y me dio dos mil pesetas de propina.

También me acuerdo del día que le llevé un giro a una anciana que estaba en cama y que tuvo que firmar el recibo estampando su huella dactilar porque no sabía escribir. A la pobre mujer hube de ayudarla para hacerlo, porque su estado era de casi absoluta dependencia, y al tomarle el dedo para impregnárselo de tinta me alarmó porque se quejó de dolor y pensé que yo le había podido causar algún daño.

Manuel meses antes de su jubilación

En aquellos tiempos el oficio de cartero y repartidor de telégrafos estaba muy bien considerado por la gente. El correo postal y los telegramas eran los medios de comunicación más frecuentes y efectivos. Sin embargo, hoy día esa consideración se ha perdido, ya que la mayoría de las entregas que realizamos son notificaciones de deudas, multas, etcétera, y a la gente eso, lógicamente, no le gusta.

Recuerdo que en los primeros años de servicio los chiquillos me llamaban “Braulio el cartero”, como al personaje de aquella célebre serie de televisión española titulada “Crónicas de un pueblo”. Por las tardes repartía los giros nacionales e internacionales, los importes de las pensiones no contributivas, las de discapacitados,etc, utilizando para ello la bicicleta que tenía. Por todo ello, mi agradecimiento a todos los vecinos y en especial a la barriada del Palmarillo, en la que siempre repartí.



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