Se esté o no de acuerdo con su iniciativa del peaje, es de alabar el esfuerzo del alcalde de La Línea, Alejandro Sánchez, en esa búsqueda desesperada de recursos para el Ayuntamiento que dirige. Peor que equivocarse bienintencionadamente es no hacer nada y esperar verlas venir. Mis simpatías para los que arriesgan, sin pecar de imprudentes o temerarios, y para el primer regidor linense en este caso. Lo de imponer una tasa para el tránsito hacia Gibraltar no deja de ser una ocurrencia, más o menos afortunada, más o menos inteligente, más o menos ingeniosa, depende de quien la juzgue, y probablemente se quedará en eso, pero la maniobra surtirá su efecto y La Línea será tenida en cuenta. Al hombre hay que reconocerle, pues, ese mérito y lo que con ello consiga, como es de justicia reconocérselo a quien en su día obtuvo la Carta Económica Especial para la ciudad, acompañada de 800 millones de pesetas, si mal no recuerdo, o contribuyó a su logro, el ex primer edil don José A. Fernández Pons, del Partido Popular también, por cierto, todo hay que decirlo.
Cobrar por entrar a Gibraltar es una subida de impuestos encubierta y promovida precisamente por alguien que ideológicamente se alinea con quienes se dan golpes en el pecho defendiendo la reducción fiscal como medida anticrisis en beneficio de los intereses de los pobrecitos ciudadanos. Tal vez sea legítimo, mas no creo que legal, ni en el marco de la legislación nacional ni en el de la europea. Provoca más problemas de los que soluciona, porque da lugar a un conflicto de competenencias entre la administración estatal y la municipal, afecta a las relaciones de España con el exterior y, en definitiva, va en contra del interés general. No se puede comparar la medida, como se pretende, con las ecotasas que se pagan para el acceso a los cascos antiguos de determinadas grandes ciudades del Viejo Continente, como Londres, que tienen por objetivo evitar el exceso de tráfico rodado en los centros urbanos, penalizar a quien contamina, contribuir a la conservación del patrimonio arquitectónico, evitando en lo posible el deterioro que causa en los edificios históricos la polución, y mejorar, en suma, la calidad de vida. Cosa que podría hacer el Ayuntamiento linense en el entorno de la plaza de la Constitución y sus alrededores, por ejemplo, igual que lo hace al pasar factura por los estacionamientos.
Lo que pretende llevar adelante el alcalde de la Línea es casi tan descabellado -¡ojo!, que digo “casi”- como lo sería que al Ayuntamiento de Algeciras, aparte de obligar a pagar por el tránsito hacia o desde el puerto, lo que ya más de uno se está planteando, le diera también por establecer un gravamen para la circulación en la A-7 desde o hacia Tarifa, aunque sólo fuera durante los meses de verano. La trampa de desviar el trazado de la Nacional 351 que conduce a la aduana del Peñón es una auténtica pasada. En lo que respecta a este asunto, al menos, digo lo que sigue con el mayor de los respetos y no como un reproche, sino como un elogio, astucia de pillo a don Alejandro no le ha faltado.
Si el señor Sánchez se sale con las suyas, entre los que más lo van a lamentar están los parados que de cuando en cuando se van a dar una vueltecita en coche por la colonia británica para sacarse un par de cartoncillos de winston o de marlboro de estraperlo con los que ganarse unas perras.