NOVENA PROVINCIA

Olivia y Anna

 

Me viene a la cabeza el artículo que escribí el 28 de agosto de 2012 titulado El padre de Ruth y José. Y decía que el ser humano puede ser en sus peores momentos, cruel, despiadado y violento, innecesariamente violento. Y todos nos preguntamos: ¿Cómo es posible?

Y es que en el fondo todos nos preguntamos y nos angustiamos ante la duda de que en la calle puedan existir personas que sean capaces de hacer esta cosas. Y esta angustia nos la quitamos si el psiquiatra de turno diagnostica que es un trastorno mental y entonces nos quedamos casi tranquilos.

Aun siendo padres ni siquiera podemos llegar a intuir ese dolor, el horror y el pánico que debe provocar la pérdida de un hijo. Es antinatural, un padre o una madre no pueden sobrevivir a un hijo. Y sabemos que no alcanzamos a entender la intensidad; no nos alcanza siquiera la imaginación.

Cualquier idea es mucho más liviana que la realidad si se pierde un hijo. Si añadimos a esa conmoción que la pérdida se produce de manera violenta, a causa de un ataque de maldad sin límite sufrido por un monstruo que decide hacer el máximo daño que alguien pueda imaginar, la brutalidad de una muerte despedaza a cualquiera que la sufra.

Han encontrado el cuerpo sin vida de Olivia, una de las dos niñas desaparecidas en Tenerife. Todo indica que su padre metió su cuerpo en una bolsa de deportes, junto con un ancla, y lo lanzó al agua, sin que todavía se sepa si la cría estaba viva o muerta en ese momento.
El cuerpo de Anna no ha aparecido. Ni el del padre que se convirtió en un monstruo para acabar con la vida de sus hijas.

Veo una y otra vez las fotografías de Olivia y Anna, su hermanita de solo un año de edad, y siento tanta rabia e impotencia que dan ganas de gritar. ¡Dios, cuánta maldad encerrada en el cuerpo de Tomás Gimeno, el padre de las niñas!

Jamás podré encajar ni yo ni nadie normal, algo así, que un padre sea capaz de matar a dos criaturitas inocentes, preciosas, por hacer daño a su expareja, la madre de las niñas, quien no podrá superar nunca un crimen tan brutal. Pero ha pasado y solo se me ocurre decir que ni con la muerte pagaría semejante hijo de Satanás.

No hay que estar loco para hacer algo así. Solo hay que ser un malvado. No hay excusas, no pueden existir atenuantes. Este crimen es nauseabundo.

No se debe confiar en cualquiera que muestre actitudes violentas; no se debe esperar nada del que es celoso hasta el extremo y no puede entender que no hay ninguna mujer de su propiedad, ni ningún niño (aunque sea el padre o la madre).

Descansen en paz estas niñas.

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