NOVENA PROVINCIA

La deriva de la vida

 

Ha muerto una niña de cinco años después de pasar diecisiete días a la deriva en una patera que procedía de África, no sabemos de dónde venía realmente porque podría ser de Mauritania o de cualquier punto del Sahara.

Su muerte la ha encontrado en el mar, en ese mar, tan inmenso como amargo.

Yo trato, pero realmente no puedo imaginarme la terrible odisea de diecisiete días y diecisiete noches en una patera en medio del Atlántico con sus padres (o tal vez no lo eran, quien sabe), y procuro, aunque tampoco puedo, ponerme en su preciosa piel de cinco añitos, y me pongo a mirar a nuestros niños, y también a mi país. Y miro también al mundo del que queramos o no somos también ciudadanos.

Y pienso que la prueba de que este mundo esté tan mal repartido reside en que hay políticos que están dedicados a sembrar el odio incluso en las olas del océano.

También los hay volcados en aprovechar ese odio para utilizarlo como base de sus campañas electorales. E incluso, hay quienes se afanan en la indiferencia de la globalidad de este mundo porque creen que el mundo termina en los barrios que los votan.

La deriva de esta niña de la que ni siquiera sabemos su nombre, durante tantos días en el limbo de un mundo que también existe, es la deriva de nuestro mundo tantas veces irreal.

Se trata de la deriva de una sociedad cuarteada en varios mundos, la deriva desde una visión occidental que alimenta su hegemonía sobre la miseria de quienes nada pueden, ni vivir siquiera, ni respirar, y que están ahogados en ese tremendo oleaje nuestro que los ignora porque no cotizan en ninguna parte, porque, en realidad, y hablando claro, es como si ellos no existieran.

Y solo existen cuando sus tragedias inundan nuestros telediarios, preocupados por lo común por los otros niños que tienen derecho a sus viajes de fin de curso y hablamos todos de secuestro sin saber exactamente lo que significa vivir secuestrados de por vida hasta que la muerte los libere.

La deriva de esta niña, anónima de dolor e insufrible indiferencia hasta que el helicóptero bajó a por ella, es la deriva de todos nosotros, que flotamos sin conciencia en un mundo que no nos pertenece, que nos ha tocado al azar como a esa niña el suyo. Creo que deberíamos contar esta historia de terror a nuestros niños para que busquen al menos alguna solidez en la sociedad infame que los acecha cada día.

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