NOVENA PROVINCIA

Morbo

 

En la tarde del martes, la familia de Álvaro Prieto, el joven cuyo cadáver apareció entre dos vagones de tren, pedía respeto a los medios de comunicación. Por la noche, una cadena de televisión privada de ámbito nacional (para más señas, Cuatro) dedicaba un programa a especular sobre qué podía haber pasado en las horas previas al fallecimiento, si era posible o no subir a lo alto del tren y se encargaba de dejar tantas dudas e interrogantes que lo fácil era concluir que no se nos estaba contando la verdad.

Ese mismo día una joven tuvo que salir en las redes sociales a desmentir que ella hubiese mantenido un encuentro más que amistoso con el joven, que su novio se hubiese enfadado y que este hubiese llamado a miembros de su grupo para ir en tromba a por Álvaro. Esa historia había corrido como la pólvora por las redes sociales y había sido jaleada por algún (supuesto) comunicador especializado en ese mundo digital, a lo que se añadían ‘informaciones’ en medios más o menos solventes que incidían en que algo raro debió pasar.

Sobre la marcha fueron llegando datos que desmontaban la teoría de la conspiración: la autopsia certificó que Álvaro murió electrocutado y unas imágenes de vídeo acreditan que estaba subido a un vagón, lugar en el que supuestamente contactó con la catenaria y recibió una descarga eléctrica mortal.

Es evidente que no hemos aprendido demasiado desde casos como el de las niñas de Alcácer (Alcàsser). Dijimos que aquello había marcado un antes y un después y que los medios habíamos aprendido la lección. Es evidente que era un autoengaño. Es más, incurrimos en una hipocresía más que dañina: cargamos las tintas (o las cargan algunos) contra la emisión en directo en TVE de las imágenes que permitieron aclarar dónde estaba el cadáver y sin embargo damos por bueno ese aluvión de especulaciones gratuitas en torno a las horas previas, el tipo de vida, las amistades y demás aspectos de la vida personal del fallecido. Por si fuera poco, esos bulos difundidos en las redes sociales no tienen penalización alguna para quienes los lanzan, con el añadido de que no lo hacen guiados por un error sin mala intención, pues sí hay una intencionalidad y evidentemente no es bondadosa.

 Lo que hemos visto en algunos medios estos días no es periodismo de sucesos, un género de gran tradición en la prensa y en especial en la española. Es morbo puro y duro. Y no un morbo gratuito, sino ese que busca hacer negocio de la desgracia ajena.

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