DESDE MI ALDEA

8-M, día de nuestra vergüenza como hombres

 

Cercanos al día conmemorativo de la mujer, reflexiono sobre dicha celebración y me posiciono junto al feminismo puro, libre de virus y limpio de acaricias púrpura malintencionada.

Cierto es, y con esto se nos tenía que caer la cara de vergüenza a muchos, a miles, a millones, que aún continúa la gran grieta entre sexos, una fisura profunda junto a la que la mayoría de los hombres nos sentimos cómodos y lo suficientemente aislados como para continuar nadando en el elixir del despotismo que nos mantiene erguidos frente a lo que definimos débil aun siendo parte de ellas.

Ayer me senté frente a la mujer que me dio la vida, frente a sus arrugas, frente a su sonrisa, frente a su fragilidad; una fragilidad avalada por los años de vida, nunca por ser mujer pues esa condición jamás debe vestirle de blandura sino de adalid ante la vida, su vida gracias a la cual puedo seguir sentándome frente a ella para mirar cuanta belleza, cuanta fuerza hay en cada surco, en cada arruga y en en los pequeños ojos en los cuales debemos mirarnos para no olvidar de dónde venimos.

Estamos cercanos al 8-M, día de colorido, de festividad y de reivindicaciones tan legítimas como absurdas. Si, absurdas. Nada más lejos de ofenderte a ti, como mujer. Si califico así estas expresiones no es por mi rechazo a ello, sino por entender que, en cada manifestación, en cada pancarta, en cada grupo de mujeres portando grandes tambores, en cada boca cruzada de esparadrapos, siempre estará presente la vergüenza de una sociedad que aún no ha salido de la caverna y donde el alfa sigue arrastrándote tirando de la cabellera que hoy lanzas al viento de la libertad. Si, absurdas; como absurdo es no reconocerlo, como irracional es no poner fin a ello.

¿Cómo valoras lo siguiente? Te lo digo a ti, como hombre. Podemos seguir sentándonos frente a nuestra madre para rendirla el cariño que le debemos, podemos cargar en nuestros hombros de creyentes a nuestra Señora de cualquier veneración, podemos dormir entre algodones a nuestra niña del alma, podemos vestir de oro cada año que pasamos junto a la mujer con la que compartimos la vida, podemos seguir sintiéndonos el benefactor de todas ellas al mismo tiempo que los informativos siguen trayéndonos cifras, las mismas cifras que cuelgan de balcones oficiales, cifras que llenas casas de acogidas, cifras que dejan huérfanos, cifras que taladran el alma y que nos condenan, de por vida, como ser irracional cuyo sentido del dominio no nos deja ver en qué lugar de la brecha está la fuerza, el esfuerzo, el vigor y gratitud de darnos la vida.

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