SOBRE NUESTRA VIDA

¡Cuidado que muerdo! … a veces

 

¿Cómo? … ¿Tú me dices que muerdes? Tú que siempre hablas de la buena actitud, de respetar las opiniones de los demás …

Pues sí. Muerdo. Muerdo cuando no puedo más, cuando invaden mi espacio, cuando me tocan la moral, cuando simplemente necesito decir “basta ya”. Y muerdo a veces sin saber realmente qué me pasa. Y eso es cuando hace falta escuchar. Cuando siento que quisiera hacer añicos cualquier cosa que me encuentre, cuando me subo por las paredes; es en ese momento cuando hemos llegado a un punto en el que hemos de decir: quieto parado, alto ahí. Silencio ahí dentro. Vamos a escuchar hacia nuestro interior.

El miedo a la ira es, en realidad, el miedo a explotar de repente, a convertirse en un auténtico monstruo. Y es cierto, eso pasa si no escuchamos antes las señales que nos da nuestro cuerpo y nuestra mente, invadiéndonos de sensaciones del pre-ataque de ira. La energía de la ira necesita su válvula de escape, si no … ¡muerdo!

Profundicemos un poco más en esta sensación, en esa energía de la rabia. ¿Te has fijado alguna vez dónde sientes los temblores, y cómo es la sensación? – ¡Yo sí! Y es curioso, porque cuando logro integrar esta parte de mi existencia humana en mi vida, observando este estado de ánimo sin prejuicios, descubro que es una energía fuerte y vital. Recientemente, con una energía de esta, me puse a limpiar, ordenar y quitar cosas que ya no me hacen falta. No paré en todo el día, solo me senté para almorzar, y nada más terminado de comer seguí y seguí hasta que se hizo de noche. La ira de la mañana se convirtió en una tremenda fuerza para resolver cosas y ganar claridad sobre qué hacer, y qué necesito.

Pero no es así de fácil. Ponerse a limpiar, y ya se me va la ira. No será así cuando esta emoción aparece porque tengo que atender una necesidad que no atiendo. Esto vale para todo tipo de emociones que solemos llamar “negativas”. La tristeza, el miedo, la angustia, la ira … – las emociones nos hablan, tienen una función.

¿Pero qué solemos hacer? – Querer que se quite; una pastilla y fuera. Con ello, no obstante, agravamos nuestro estado de ánimo a largo plazo. Puede ser que durante un tiempo sirva la huida de nuestras propias emociones, pero no podemos huir eternamente.

Gran parte de los problemas de ansiedad, tan frecuente y oculto a la vez en nuestra sociedad, se debe a no atender a las emociones que quieren ser escuchadas. Nos empeñamos en no mostrarlas porque los demás podrían pensar mal de nosotros, o incluso rechazarnos por ello. Ello nos lleva a ocultarnos ante los demás, y ante nosotros mismos.

Una de las cosas que más me llama la atención en las terapias es que las personas me hablan de sus “males” como si no fuera con ellos. “No sé qué me pasa”, “no entiendo por qué me siento así”, “creo que tengo ansiedad”. Es cierto, tienen ansiedad.

Tenemos ansiedad cuando retenemos nuestras emociones. Ese es el mecanismo, tensamos la musculatura y estrechamos nuestras vías respiratorias. La respiración es donde “reside” la emoción, así que si no queremos sentir, no podemos respirar. Por eso, en cuanto ayudo a mis clientes a respirar profundamente, abriendo bien los brazos, liberando la caja torácica, soltando las tensiones, es cuando casi siempre se rompe la coraza de la persona, y sale la emoción: el llanto, o una sensación tremenda de querer morder, gritar, patalear.

Hay mucho miedo a liberar las emociones y, no obstante, es la única vía para descubrir quiénes somos realmente y, sobre todo, qué necesitamos.

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