SOBRE NUESTRA VIDA

Decisiones

 

Conscientes o inconcientes, tomamos decisiones. ¿Pero cuál es la diferencia?

Consciente: Sé qué hago, qué quiero, lo que es bueno para mí o para mis hijos, clientes o una persona amada. A veces tengo que decir que no. No solo para mí, también a veces para el otro, ya que si no le «educo» a permanecer en un comportamiento infantil o, digamos, inmaduro. 

Vivir conscientemente significa madurar, parar el automático tan bien aprendido con nuestro comportamiento impulsivo. Al menos intentarlo. Ya que en el fondo, todo esto también es un ideal.

No siempre somos conscientes de lo que hacemos, ni de las consecuencias de nuestros actos, ya sea para uno mismo o para el otro. 

Inconsciente: también es una decisión. Decido (aunque inconscientemente) hacerle caso a las opiniones de otros hasta tal punto que me olvido e incluso renuncio a mis propias metas y deseos, o incluso olvido mi ser. Decido, consciente o inconscientemente, a seguir a alguien; un nuevo gurú, uno que me dice por dónde ir.  

Vivimos de manera inconsciente casi todo el tiempo. Cuando metemos mano al cajón del chocolate, cuando cogemos un cigarro tras otro, o tomamos la no sé cuánta taza de café. 

Conscientes o inconscientes, son decisiones cuando no nos cuidamos, no hacemos ejercicios aunque todos lo aconsejan: médicos, psicólogos y psiquiatras: es importante moverse, tanto por la salud física como por el bienestar emocional.

No obstante, si no nos aceptamos, consciente o inconscientemente, si más bien nos rechazamos o incluso detestamos, ¿para qué vamos a cuidarnos?

Sí, es más fácil dejarse llevar aunque no sienta bien; incluso es más fácil dejarse maltratar que levantarse y defenderse. 

Es más fácil, de ahí que se denomina zona de confort. No porque sea cómodo, no, más bien nos enferma y nos hace infeliz. Pero es más fácil no tomar decisiones y aferrarse en el victimismo. En el fondo eso también es una decisión, aunque no es consciente. 

¿Se puede hablar de decisiones inconscientes?

Más bien no, mientras no nos damos cuenta de ello. Solo podemos hacer lo siguiente: cuando nos damos cuenta de que la vida que se vive sin estar presente ya no es una vida; cuando nos damos cuenta de que no somos felices, no sentimos plenitud, en cambio nos sentimos incómodos y mal con esta existencia inconsciente en la que nos encontramos, entonces podemos tomar la decisión de osar dar pasos hacia una vida consciente. 

¿Por qué «osar» y no simplemente «hacer»?

Pues, ahí está de nuevo: es un paso hacia una dirección donde se rompen los pilares de la seguridad que nos dan las obligaciones y normas, lo conocido y aprendido. Si esos pilares de seguridad se desmoronan, no queda nada donde agarrarse. Sensación de caída libre, a veces.

La buena noticia, por si se siente vértigo: nuestros escudos tan bien aprendidos están siempre a mano para usarlos cuando la caída se vuelve demasiado «libre». Aparece casi sin querer en cuanto nos volvamos más inconscientes. Y de forma consciente también podemos usar nuestro carácter de escudo, si sentimos necesidad.

Mejor noticia aún: la caída libre se convierte en una auténtica libertad. Ese es el regalo de una vida consciente. Comenzamos a tomar decisiones con genuinidad y consciencia. Y éstas realmente vienen del corazón si elegimos el camino del guerrero que se enfrenta a sus enemigos internos. 

Decisiones conscientes tienen, visto de esta manera, siempre que ver con el amor. El amor es una gran palabra y un tema que ocupará un lugar especial en el siguiente o siguientes artículos de mi Newsletter que publico semanalmente en LinkedIn.

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Opinión Veronika Gau

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