NOVENA PROVINCIA

La igualdad


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No hay que ser muy demagógico para advertir que no somos iguales. Todos lo sabemos desde poco después de nacer. Aprendemos a balbucear nuestro nombre y ya intentamos saber qué significa con respecto a los demás y en qué lugar están los demás con respecto a nosotros mismos. Intentamos saber nuestro rango, nuestro margen y nuestra propiedad.

 Un sistema democrático intenta paliar o al menos maquillar esas diferencias. También intenta exportar el sistema porque la conciencia democrática no tiene barreras ni premia los derechos de unos seres humanos sobre otros por tener un pasaporte u otro, o simplemente, no tenerlo.

Nosotros levantamos en nuestras fronteras africanas fronteras con cuchillas. Podemos darle el nombre que queramos pero son cuchillas que cortan las manos o los tendones de quienes intentan saltar las alambradas. El lenguaje que se utiliza no es en absoluto inocente y por eso, Gobierno y oposición se preocupan de definir las avalanchas, la legalidad y la muerte de los ahogados. También cuenta el número porque uno solo no vale nada, no tiene identidad, no es nadie.

Lo principal es defender la jerarquía, el rol que nos corresponde. Y si unos inmigrantes al abrir los ojos al mundo consideraron que también eran dueños de algo, estaban equivocados.

Si alguno de esos inmigrantes pretende tener nuestros derechos tendrá que ganárselo, sobrevivir a las cuchillas y al mar, vender más relojes falsos, más baratijas, pensar más que ninguno de sus compañeros, tener más suerte y ser más fuerte. Solo si llega a pasar todas estas pruebas, logrará llegar a ser como el último de nosotros.

Igual nos ocurre entre nosotros mismos y no protestamos y aceptamos el juego. Solo los que parten con más privilegios, acceden a una casilla superior. Y así sucesivamente hasta llegar a la cima de la pirámide, justo allí donde el paseo de cien metros de una Infanta hasta un Juzgado de Palma se convierte en una cuestión de Estado y vale mucho más que cien ó mil ahogados sin nombre.

 

 

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