La piel es un cristal transparente que descubre el fondo íntimo de nuestras conciencias

 

Tengo la impresión de que, en la práctica, algunos -¿muchos?- de los políticos actuales ignoran que los mensajes se transmiten, sobre todo, con la expresión del rostro, con los gestos de las manos y con los movimientos de los brazos. No advierten que cualquier palabra, como, por ejemplo, “gordo”, “bonito”, “abuelo” o “parienta”, puede sonarnos a piropos o a injurias, dependiendo del tono con el que las pronuncien. No suelen ser conscientes de que el lenguaje corporal -el más sincero y el más directo- es la clave con la que, de manera inconsciente, expresamos e interpretamos los significados de las palabras. Por muy buenos discursos que le preparen sus asesores, si en la “pronunciación” el político emplea un tono irritado, dirige a los oyentes unas miradas violentas y hace muecas crispadas, las palabras suaves y las razones convincentes producirán el mismo efecto que el impacto de unas piedras que nos golpean en lo más íntimo de nuestra sensibilidad.

Es una pena que no caigan en la cuenta de que, a veces, sus discursos nos suenan como ladridos de perros asilvestrados que pretenden asustarnos; otros, por el contrario, nos transmiten la impresión de que son gatos acobardados que temen ser capturados e, incluso, no faltan quienes nos parecen unos lobos que, disfrazados de ovejas, pretenden seducirnos. Es cierto que cada uno tiene su voz peculiar, pero también es verdad que, igual que ocurre con la imagen corporal, si aplicaran los cuidados adecuados, podrían mejorarla y sacarle un asombroso partido. No deberían olvidar que la voz, igual que la piel, exige que la aseen, la tonifiquen y la mimen, sin olvidar que, como la piel, la voz es -más que una envoltura- un cristal transparente que descubre el fondo íntimo de nuestras conciencias donde palpitan las emociones, las esperanzas y los temores y, sobre todo, los rencores.

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