Las dificultades para comprender las ciencias, la filosofía o la historia radican, a veces, en la oscuridad de nuestras explicaciones

 

De manera sencilla, clara y amena, Johnjoe Mcfadden, científico y profesor de Genética Molecular de la Universidad de Johnjoe Mcfadden, nos da la razón a quienes estamos convencidos de que nuestras dificultades para comprender las ciencias, la filosofía y, a veces, la historia, radican, más en la oscuridad con las que nos las explican que en nuestra incapacidad para entenderlas. Todos hemos tenido experiencias de lo bien que hemos comprendido y lo mucho que nos han entusiasmado unas cuestiones teóricas cuando un “experto en la comunicación pedagógica” nos las ha “contado” de manera sencilla, clara y amena.

Con detalles, con precisión y con habilidad, el profesor Mcfadden nos relata los principales descubrimientos científicos que, durante la milenaria historia de las ciencias, han seguido unos procesos sencillos y “simples”. Original me ha parecido el arranque de sus explicaciones en la idea del filósofo, lógico, teólogo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (c. 1288 – 1349), defensor del principio metodológico de la “economía” según el cual no debemos multiplicar las explicaciones sin necesidad.

Oportuno es, a mi juicio, el análisis que el autor efectúa para mostrarnos cómo los prejuicios ideológicos, sobre todo los religiosos, han oscurecido, complicado y, a veces, frenado los descubrimientos y las explicaciones de los fenómenos más importantes de la naturaleza. Partiendo del supuesto de que la ciencia es una, nos recuerda cómo sus raíces se ahondan en los trabajos de las diferentes civilizaciones como la antigua Mesopotamia, China, Grecia y norte de África. Llega a la conclusión de que “cientos de lugares, innumerables épocas y millones de personas han contribuido a la construcción de ese extraordinario sistema de pensamiento que hoy denominamos ciencia moderna”.

Con claridad y con detalles nos explica “cómo todos los grandes avances científicos se han logrado gracias a unos cálculos que “implicaban una simplificación”. Nos recuerda que Roald Hoffmann, premio Nobel de Química, siguió aquella lógica occamista para llegar a la hipótesis cuántica y cómo, en aquella época, todos los científicos mostraban ya su preferencia por las soluciones sencillas. Estoy de acuerdo, al menos, en que optar por una teoría compleja cuando se puede recurrir a otra más sencilla es, para cualquier investigador moderno, simplemente “anticientífico” y, por supuesto, antipedagógico. Resulta llamativo que esa preferencia por la sencillez en la ciencia, que es relativamente reciente, tenga su origen en las ideas de Guillermo de Occam, aquel fraile franciscano “que rompió las polvorientas telarañas de las doctrinas medievales para dejar espacio a un pensamiento más ágil y más perspicaz”.

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