Malos tiempos para la lírica

 

Ningún país de nuestro entorno aplicó en los albores de esta crisis ni en el período de su punto más álgido políticas restrictivas, sino todo lo contrario, expansivas. Seguir a Keynes, con algún que otro matiz, por supuesto, era la consigna velada y así se resolvió incluso en aquella reunión del G-20 que supuso la despedida de Bush de la presidencia de los Estados Unidos y a la que fue invitado Zapatero, con voz pero sin voto, casi a regañadientes. Había que inyectar dinero a los bancos para salvar el sistema financiero internacional, por aquel entonces a punto del colapso, hoy todavía convaleciente, y había que reactivar la economía, aun a riesgo de incrementar el déficit fiscal y la deuda pública más de lo debido. Prácticamente a las mismas recetas para lo que eran síntomas de un mismo mal se recurrió tanto en Europa como en Norteamérica con muy pocas diferencias. La enfermedad, no obstante, lejos de curarse vino a agravarse para algunos pacientes, porque, si bien es verdad que todos sufrían la misma dolencia, no todos compartían el mismo cuadro clínico y, por tanto, no habrían de reaccionar igual ante la terapia general recomendada. Algunos precisaban de un tratamiento aún más individualizado y especializado adaptado a sus circunstancias. En ese sentido, el caso de España era y sigue siendo paradigmático. Teníamos, por un lado, un sector de la construcción sobredimensionado, un elevado endeudamiento del sector privado, y sobre todo de las familias, vinculado en su mayor parte al negocio del ladrillo y el boom inmobiliario, lo que podría considerarse nuestra versión a la española de un problema parecido al de las subprime de los EE.UU, y una tasa de paro estructural de las más altas de la UE. La suerte estaba, pues, echada. Antes o después había que acometer un recorte y un ajuste de las cuentas públicas, estaba más que cantado y se habían venido dando pasos en esa dirección, aunque haya quien lo niegue. Lo que pasa es que nadie esperaba ?lo que no quiere decir que más de uno no lo deseara, y con bastante ahínco, por cierto- que hubiera de ponerse manos a la obra con la urgencia que finalmente se ha tenido que hacer, por mucho que a algunos les parezca tarde, y de manera tan traumática. Pertenecer a la UE y contar con el euro tiene su coste. La política económica no es competencia exclusiva de los estados europeos desde la implantación de la moneda única y la convergencia y todo apunta a que desde Bruselas se va a tomar más cartas en el asunto de aquí en adelante. No hay socio de la unión que se salve de tener que apretarse el cinturón para los ejercicios venideros. Exigencias del guión, que podría decirse, y en cuya explicación el que les escribe se pierde. Todo por volver a la moderación, a ese sagrado 3 por ciento del PIB que ya no va a poder pasarse por el Arco del Triunfo la Francia de Sarkozy ni por la Puerta de Brandeburgo la Alemania de Merkel. El número mágico de vaya qué suerte la del Viejo Mundo medio unido. Para cábalas la que se inició en Maastritch y no la de los místicos judíos. Por lo visto, en esto de la economía no hay lugar para la creatividad ni para la innovación. La solución está siempre en cargar contra las rentas del trabajo, que las otras son intocables por aquello de que como a los señores que manejan el capital se les toque un poquito los cojones pues ya se sabe que se largan con el dinero para otra parte. Pues puede que vaya siendo hora ya de echarle algo más de imaginación a la cosa en la búsqueda de soluciones para un crecimiento económico justo, equilibrado y sostenible, sin tropezar con dictaduras ni resbalar con utopías. Demandarles más a los que más tienen, fomentar, si no imponer, la inversión productiva en lugar de la especulativa y primar la rentabilidad social por encima de otras rentabilidades. Claro que todo eso sería mucho más sencillo si no siguieran corriendo como corren, por fortuna para los poetas, malos tiempos para la lírica, y no ya desde los 60 del pasado siglo para acá, sino probablemente desde que el Caballero de la Media Luna derrotó al de la Triste figura, es decir, mucho antes de que Ford inventara la cadena de montaje, de que se fuera a la puñeta la Comuna de París e incluso de que Marx escribiera el manifiesto del Partido Comunista.

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