MONTE DE LA TORRE

Muerte en los mares, tragedia en los lares

 

¡Oh, mar! ¿Por qué los matas?
Ellos solamente buscan capturar ese pescado que es su pan
y el de los suyos para, luego, regresar al puerto con las redes llenas
y volver a abrazar a las familias que ansiosas esperan
ver de nuevo en el marino horizonte la silueta de la proa
del pesquero bajel que retorna a la costa
después de días y meses de singladura
faenando y bregando con tempestades en sin igual lucha.

¿Por qué, mar,
causas a las familias marineras tan grande mal?
Cuando llegas a las playas
pareces implorante peregrino postrándote ante ellas en olas mansas
pero, lejos del litoral,
pronto a esas doradas playas llegas a olvidar.

Danos tu sal,
pero, por favor, no hagas mal
eres el más grande romántico y nunca un matrero,
un terrible bandolero que secuestra vidas de marineros.
No manches tus arenas blancas
ni tus aguas con la sangre que de los nautas derramas.
Si tus ondas están heladas
piensa cómo quedan las familias afectadas.
¡Mar, no te los lleves,
déjales que vuelvan, los esperan sus gentes!
Marín, Cangas… con pesar gimen;
toda Galicia y España están muy tristes
y se preguntan por qué, mar, ofreces holocausto a Poseidón
entregándole la abnegada vida del noble e inocente pescador;
por qué, piélago, envuelves en sudario de pena
las jarcias y velas del barquito de pesca.

¡Cuánta sangre “galega”
queda vertida por los océanos de la Tierra!
¡Cuántas madres sin hijos,
cuántas mujeres sin marido que naufragan y se ahogan en suspiros!
¡Cuántos huérfanos dejas!
Esos pechos son caracolas rotas donde el eco de tu rumor apagado
les golpea como gigante ola que convierte en arena el acantilado.
Haces añicos los bellos sueños,
pecios son de tus terribles anzuelos.

Cruceros de esperanza naufragan
cuando la luz del faro la vuelta del barco no marca
y en tierra se desploman las casas
al ser golpeadas por la implacable y horrenda ola
que deja a familias totalmente rotas.

Pero la estela de ese barco,
y de otros muchos que partieron de su puerto amado,
no se borra y, al estar preparados, otros pescadores levan anclas,
desatan maromas para que en la lonja cada madrugada haya
pescado fresco o congelado y en nuestras mesas no falte,
ellos embarcan rumbo a ignotos mares
mientras en la ventana del hogar de los pescadores
un pañuelo les despide y la voz de una mujer angustiada por dolores grita: “¡Virgen del Carmen querida, que vuelvan sanos y salvos,
¡Líbrales de peligros y tempestades para que podamos abrazarlos!”

El viento lleva estos ruegos y esos besos que recoge una sirena
quien mirando al mar, surcado por las naos pesqueras,
pregunta: “¿Por qué entierras
la vida que pertenece a la tierra
y desentierras las penas que tanto pesan
que ni los céfiros se las llevan?”

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Opinión Pepe Pol

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