NOVENA PROVINCIA

Partida de póquer

 

Con sólo pie y medio en la recta final de la campaña electoral y yo sigo sin poder evitar construir analogías en torno a ella y a todo el jaleo que genera. Es verdad que algunas resultan muy absurdas. Pero otras tienen más sentido. O por lo menos eso me gusta pensar a mí.

Hay una en concreto que me parece más o menos acertada: la que considera que la política puede verse como un juego de mesa. Uno con su tablero, sus fichas, sus jugadores y sus reglas. Uno con un objetivo claro: conseguir más puntos que el resto de contrincantes. Puntos que permitan al ganador gobernar en solitario o al menos formar un pacto que logre resistir cuatro años. Al fin y al cabo, la política no es más que una lucha de poder. Los que lo tienen no lo quieren perder y los que no, lo anhelan con todas sus fuerzas.

En este sentido, y a pesar de que no hagan falta ni unas fichas ni un tablero, creo que la política es más parecida al póquer. Un juego donde cada jugador conoce sus cartas, pero no las de los demás. Uno en el que se puede fingir que se tiene un buen juego cuando se tiene uno malo, y recíprocamente, fingir que se tiene uno malo cuando en realidad se tiene uno bueno.

Uno en el que cada competidor debe saber leer las debilidades y las fortalezas de sus oponentes y también las suyas propias. Uno en el que es importante que cada uno encuentre el equilibrio entre lo que promete y lo que realmente podrá hacer más tarde. Un juego en el que no se puede pretender llegar al poder directamente, sino uno en el que se deben tomar las decisiones correctas que te acaben ayudando a conseguirlo.

Pero la política no es tan obvia como lo puede ser un juego de mesa. Y es que, en algún punto de la partida, recuerdas que el que la controla eres tú y no ellos. Sí, sí, tú. Como ciudadano o ciudadana. Tú, que pensabas que eras un mero espectador, que la cosa no iba contigo. Tú, que te limitabas a verla de lejos y que en el fondo siempre has podido decidir qué jugador gana. Pero lo has estado haciendo a ciegas.

Y aunque el ir a votar al final sea siempre eso, una cita a ciegas, creo que lo podríamos hacer mejor si nos comprometiéramos (y nos comprometieran) más. Porque no se trata de imponer, sino de dialogar, de construir, de escuchar, porque esa es la verdadera gestión política, y no lo es ponerse una venda cuando se toma posesión del cargo y no quitársela hasta unas semanas antes de las próximas elecciones.

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