EN ROJO Y NEGRO

San Valentín a nuestros mayores

 

Somos quienes somos y vivimos como vivimos porque quienes nos precedieron resolvieron situaciones que podrían haber impedido nuestro nacimiento y porque, quienes al nacer nos cuidaron, se encargaron de que las condiciones en las que crecíamos pudiéramos llegar a ser lo que somos. Los Mayores, nuestros mayores, que gente más entrañable. Unas personas que supieron estar a la altura de las circunstancias adversas que les tocó vivir. Quienes esto llegan a comprender son las primeras personas que se aprestan a ayudarlas, a socorrerlas, a cuidarlas.

¡Tanto les deben! La dedicación hacia ellas solo se puede devolver una parte mínima de todo lo que nos dieron. Hay quien dirá que no tenían más remedio. Se sigue oyendo aquello, que en la adolescencia se les espeta con cierto rencor, -Yo no te pedí venir al mundo. Y esa frase no es ni desagradecida, ya que para ello hay que tener conocimiento de lo que debe agradecerse y en la pubertad de eso se adolece. Porque si bien es verdad que nadie es preguntado antes de nacer, también es verdad que aquel que nace trae el regalo de la vida. Y la vida es el don de la materia consciente. Una consciencia que permite el gozo, el disfrute de toda la inmensa belleza que encierra la naturaleza a la que por haber nacido pertenecemos. Nuestros mayores nos han dado tanto, tanto, que hay solo una vida para devolvérselo. Aunque tampoco ellos lo piden, ya que su felicidad pasa necesariamente por la nuestra. Eso lo comprenden muy bien quienes son madres y padres. Y así con nuestras hijas e hijos cumplimos el gran plan de la Vida, y además con mucho gusto, porque hemos deseado hacerlo posible y acompañarlos el tiempo que se pueda en esa extraordinaria empresa que es llegar a ser persona. Sólo por eso la juventud en tiempos pandémicos debe asumir que el cuidado de sus mayores es la prioridad en momentos de quebranto y soledad.
La íntima historia de Carmen es un ejemplo de toda una generación de personas que se han hecho mayores bregando en unas circunstancias casi nunca fáciles. Carmen nace un 14 de febrero del 1930. Es un día, este de San Valentín, relacionado con el concepto universal del amor y la afectividad y esta circunstancia le acompañará toda su vida. También serían compañeros de viajes sus apellidos: Guerrero Bandera que se unen, como brazos de un rio, en su carácter. Uno el afecto a toda persona con la que tuviera relación. El otro su constante lucha contra las injusticias.

Viene al mundo, en el municipio “El Burgo” que pertenece a la provincia de Málaga, en una familia compuesta de ocho hermanos. Eran años duros. La gran depresión de 1929 acaba de empezar. El mundo y España cambian entre convulsos sucesos, el más terrible la guerra civil. Sus padres, finalizada la contienda y con el país roto, deciden enviar a las dos más pequeñas a un orfanato. El de las carmelitas del “Limonal”. Ella con doce años y su hermana Ángeles con ocho años. Esto le hace ser responsable y olvidarse de su adolescencia, como millones de niñas y niños del momento, que tuvieron que comportarse como personas adultas a pesar de su corta edad. En el orfanato se levantaba todos los días una hora antes para ayudar a su hermana pequeña. Esta se orinaba por las noches en la cama. Las responsables del orfanato castigaban este comportamiento involuntario haciéndole llevar el colchón atado a la espalda en el patio. Para que esto no ocurriera ella la levantaba y preparaba la cama para que nadie se diera cuenta. Este trato inhumano hacia las niñas despertó en Carmen la rebeldía ante lo injusto. Como se le hizo insoportable decidió fugarse y, con su poca edad, se fue andando hasta Algeciras buscando su hermana mayor que allí residía. Para ella Algeciras fue la libertad, afincándose en la barriada La Juliana, donde fue creciendo y conoció al que sería su compañero Alfonso Gallardo. Con él fue creando su “tribu familiar” desde las coplas y letras de León y Quiroga, hasta las de Machado y Hernández. Con un salario que no les daba ni para comer, fueron construyendo su casa y asumiendo las durezas de esos momentos. Para sólo lavar la ropa tenía que desplazarse a cinco kilómetros. Igualmente tenía que recorrer unos cuantos, de ida y vuelta al centro de la ciudad, a trabajar como sirvienta en una casa de una familia pudiente. Cuando llovía todas las vías de acceso eran un fanguizal, suponía una odisea llegar y otra volver. Con el tiempo su pareja pudo desarrollar dos trabajos y esto la liberó de tener que compartir la crianza de sus tres hijos con su trabajo. A partir de ese momento su dedicación fue la de educar lo mejor que podía a sus vástagos sin perder su compromiso por construir una sociedad más justa.

Miles de personas como Carmen hicieron posible la sociedad en la que vivimos. Esta generación fue la impulsora del llamado “desarrollo” pues con una buena parte de sus ingresos se construyendo infraestructuras, se crearon instituciones donde las personas pudieran desarrollar su intelecto. La Seguridad Social vio la luz para preservar la salud. Los patronatos de viviendas facilitaron un hogar a centenares de miles de personas menos pudientes… en fin que se fueron dando pasos para que se pasara de la caridad a tener derechos. Carmen siempre ha estado reivindicando esos derechos no sólo con palabras si no con actos, pudiendo verla reivindicando en las manifestaciones de educación, sanidad, pensiones, contra cualquier decisión de nuestros gobernantes para cortar derechos de todos. Hasta cuando llegó la pandemia del covid, el 1 de mayo, ella y su tribu se subieron a la azotea para que se siguiera escuchando su voz reivindicativa de los derechos del pueblo.

Toda persona bien nacida es agradecida y este agradecimiento pasa hoy, día de San Valentín, por el cuidado de nuestros mayores y la defensa de todo lo que con sus vidas construyeron y nos legaron.

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