DESDE MI ALDEA

Vacío

 

Tras los visillos se esconde la rabia, entre miedos y aguardiente, entre escupideras vacías, entre limpiabotas durmientes. Tímidas tertulias marcan la pausa de un silencio hiriente oyendo de fondo la temblorosa partitura de La vida es Breve. Los sombreros a mano, por si hay que najar por la pendiente, las voces sigilosas, prevenidas, prudentes, mientras las miradas recelosas controlan las gabardinas que informan al régimen.

Hoy no hay serrín en el Rinconcillo, dieron libre al sirviente, suelo limpio de esputos presos entre chirriar de dientes; gatos escuchimizados se suman al espanto reinante, lamiendo zapatos cubiertos de polvo, betún y hambre.

La voz del tabernero rompe el silencio proponiendo informante, el crujir de la puerta los calla de repente, es Miguel, el de la tienda de paños de enfrente; de los Rosales ha salido con grilletes entre tropa, cabo y teniente, dejando un reguero de lágrimas de las que beben palomas que cierran la comitiva como penitentes.

El horror inunda el Rinconcillo, el pianista se detiene, pliegue de partituras y chaquetas, de mandiles relucientes, mientras en la mesa del fondo agudiza el escribiente condenando entre líneas la fuga de vida en San Vicente…

Sarmiento que llora la sabia,
uva sin vendimia, sin poda;
triste canto de la alondra
ulcerado piano de cola

Parral mustio, teñido de ocre,
sin sombra, sin rebrote;
el sol ilumina la escena
acto sin vida ni voces.

Se lo llevaron, con grilletes,
en la fuente agua verde
exilia a la rana triste
y al nenúfar doliente.

En silencio quedó la huerta,
arriates sin simientes;
el grillo guardó respeto
por el poeta ausente.
 

Salimos a la calle, con miedo al relente, ese que cala los huesos, aunque el sol abrace radiante. Andamos pegados a paredes como lagartijas sin dientes, silbando el cara al sol por si hubiera oyentes. En la esquina nos señalan, aceleramos agachando frente saludando con Heraldo mientras el Mundo obrero vuela como serpentina por el poniente. Y llegamos al portal, casapuerta de pudientes con geranios, begonias y claveles, los que difícilmente hueles por el incienso de oriente.

No hizo falta preguntar, ese rostro quedó gravado en mi mente, jamás vimos a un Rosales tan abatido, humillado, deprimente; traicionado por el orgullo de sentirse seguro bajo la falsa amistad de entorchados y birretes.

 

De vuelta al Rinconcillo, ronda de brandy a los presentes, brindis de despedida con trayecto en la mente de poner tierra de por medio entre la razón

 

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