PLAZA DE LA IGLESIA

Viene la muerte, tan callando

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Quizás sea la muerte una de las pocas certezas que tenemos los vivientes. Sabemos, a ciencia cierta, que nuestra existencia terrena tiene un jubiloso principio siempre y cuando no acaben con nosotros antes de nacer, y tiene un final natural, mientras que no nos administren un cóctel de Midazolam y propofol. La realidad es que la muerte es una certeza, aunque la hora, casi siempre, sea incierta.

Pero mi reflexión no se refiere a esta muerte cierta, aquella que se produce cuando nuestro organismo exhala su último aliento y el reloj del corazón se detiene. Me refiero a otro tipo de muerte, aquella que viene tan callando, matándonos lentamente, dejándonos la existencia desnuda y un vacío interior escalofriante que mata nuestras almas.

Hace unos días, un alumno, me hacía siguiente reflexión: “¿por qué tenemos que vivir con los valores del cristianismo?” Mi respuesta fue, casi sin pensarlo y sin afinar mucho al respecto, la siguiente: “Si conocemos o creamos otros valores que igualen o mejoren los valores cristianos, adelante, cambiémoslo pero, hasta ahora, no hemos pensado otros valores que mejoren nuestra convivencia cívica y nuestra existencia humana”. Este alumno expuso, ni más ni menos, lo que ya está sucediendo. Hemos eliminado de nuestros cimientos sociales aquellos valores venidos del cristianismo y sobre los que está construida nuestra vieja Europa: nuestras actitudes y maneras de concebir y vivir la vida. El cristianismo ha impregnado la cultura europea de unos grandes valores que la han vivificado y dado una enorme repercusión e incidencia: la  desmitologización de la naturaleza, el componente espiritual de la persona humana y su inviolable dignidad que la convierten en un fin en sí mismo y no en un instrumento manipulable, la valoración positiva de la materia como buena y puesta al servicio del hombre, la libertad y la responsabilidad, la igualdad esencial de todos los seres humanos, el amor mutuo como solidaridad con todos, especialmente con los más desfavorecidos (Mateo 25), la aceptación (hoy controvertida) de una ley natural que fundamenta nuestra ética, la separación de la esfera civil de la religiosa (“dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”), la libertad de conciencia, la justicia y la tolerancia, el sentido de fraternidad, etc. Como vemos, “los valores laicos ilustrados” sobre los que se funda la Unión Europea y que se recogen en su Constitución son, en el fondo y en gran parte, una herencia cristiana.

Pero algo está pasando que, lentamente, casi sin darnos cuenta, esta sociedad nuestra se está desvaneciendo. Y es que estamos borrando, o lo están haciendo por nosotros, estos valores nuestros que nos han definido y constituido desde que, un buen día, creímos que estos principios nacidos del cristianismo no sólo eran buenos, sino que eran los mejores para vivir en una sociedad cívica de calidad.  En este sentido, la realidad está hablando y nos está diciendo que “algo nos está pasando”: crece el número de suicidios entre los más jóvenes, depresiones y ansiedades, falta de sentido de la vida, tristezas, guerras, el individualismo creciente, una medicina que viola sus principios básicos de “curar, paliar y ayudar”, manipulación de leyes naturales con el sucesivo sufrimiento, etc.

Quizás, muchos de estos sufrimientos nuestros tengan su causa primera en el olvido de estos valores que, independientemente de nuestras creencias, han dado calidad a nuestra existencia humana.

Amigos y amigas, un corazón vacío, carente de valores, es un corazón herido que está destinado, lentamente, a morir. ¡Qué dices Darío! Eso mismo que estáis leyendo. ¿No lo notáis? “oh muerte que vienes tan lenta, tan callando”.

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