Una sociedad sin lectores ni escritores está amenazada a perder su libertad y su criterio. Escribir no es una actividad segura, ni siquiera se puede decir que sea una profesión. Para muchos es una habilidad y, para otros, un hobby, pero lo cierto es que, como todas aquellas cosas que se exigen para el perfeccionamiento personal, puede considerarse como algo accesorio, como un complemento que adorne las facultades individuales. También en el marxismo ocurre lo mismo, y esa actividad es denostada a menos que se ponga al servicio de la ideología revolucionaria.
El consumo de la literatura, por regla general, está sometido a modas y fórmulas que tienen más que ver con la oportunidad que con la independencia creativa de los autores. Es difícil zafarse de estos moldes. Incluso cuando utilizas el artículo periodístico no te librarás de que te encasillen en una determinada tendencia. El escritor procura reflejar la realidad, pero la realidad tiene varias caras, y en su visión prismática surgen filias y fobias como ocurre con todas las opciones que se presentan en la vida. El debate actual, en torno a las publicaciones, se basa en el peligro que sufre la edición impresa frente a la digital, y a mí me parece algo tangencial. Una de tantas discusiones sobre lo formal que deja a un lado la verdadera esencia de las cosas. Lo importante de la literatura es la palabra, no el formato con que se presenta. Hay algo de nostalgia, de memoria vieja que se niega a aceptar los usos de la modernidad. . Esta actitud de nostalgia imposible se da también en la arquitectura, y es muy representativa de los movimientos conservacionistas actuales.
Cuando algo pierde su tiempo, pierde también su función; por eso estamos a punto de convertir a los libros en objetos de culto, donde el recuerdo de una encuadernación o de unas ilustraciones sustituyan al texto, cuya apreciación, sin ayuda de lo subsidiario, queda relegada a los sufridos lectores de las versiones Kindle. Esto que digo son generalidades que no serán compartidas por la mayoría.
Todo al final se identifica, y aunque las salas de proyección se hayan convertido en lugares de consumo de palomitas de maíz y coca cola, el producto sigue intacto, independientemente de dónde lo veamos: en el salón de nuestra casa o escuchando los comentarios de un vecino que no conocemos de nada. En este aspecto he de reconocer que el cine era más social. Me he ido por las ramas. Lo que quería decir es que si no llega a ser por las versiones digitales que me sirve Amazon, durante la pandemia no habría leído un solo libro. No saben lo cómodo que es seleccionar una opción y obtenerla al instante en la pantalla de tu e-book. Me he acostumbrado a esa comodidad y ya tengo una biblioteca virtual que me sirve para aligerar espacio, de la misma forma que he arrinconado mis discos y mi antiguo equipo de sonido, y ahora dispongo de Spotify, de YouTube y de otras plataformas que me envían la música que quiero, por bluetooth, a unos auriculares que me aíslan del sonido exterior. Algunos me preguntan por qué escribo en medios digitales: pues precisamente por eso.
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