PLAZA DE LA IGLESIA

Progreso o retroceso: la humanidad en juego

 

Hoy el mundo es un poco más feo de lo que era ayer. Hoy podemos confirmar que estamos fracasando como sociedad y que la humanidad se está deshumanizando a pasos agigantados. Nos hallamos sumidos en un proceso de relativismo y nihilismo que nos quiere hacer creer que no hay diferencia entre el Bien y el Mal y que no existen verdades absolutas. El caso de Noelia del Castillo ha sido un claro ejemplo de ello. Un hecho sobrecogedor. El corazón se contrae y, ante tanto sufrimiento, sólo cabe el respeto, el silencio y, para quienes sean creyentes, la oración.

Lo voy a decir desde el principio para evitaros ciertos comentarios. Esto no es una cuestión de Fe ni de moralina religiosa. Es algo mucho más simple (y complejo a la vez). Es cuestión de unos principios antropológicos que son innatos al ser humano, que lo han acompañado desde siempre y lo han hecho noble y digno de los mayores reconocimientos: la dignidad, el cuidado, el acompañamiento, el cariño, la compasión y ese empeño suyo de apoyar y proteger a los más débiles. El hombre, desde que es hombre, ha levantado hospitales para atender a los enfermos, ha protegido al huérfano y a la viuda, ha socorrido al extranjero, al discapacitado, al leproso, a los que sufrían problemas mentales, a los pobres, a las prostitutas, a los sin techo, etc. ha creado redes de protección e instituciones de todo tipo para cuidar a aquellos a los que la vida golpea. Esta condición es una constante humana que, a lo largo de la historia, desde las primeras civilizaciones hasta hoy, ha aparecido en leyes, religiones y costumbres.

Hoy, esta máxima connatural al ser humano, está sufriendo un revés. Me asombra el ímpetu y la facilidad con la que muchas personas e instituciones vitorean, impulsan y normalizan este hecho tan escabroso y delicado a la vez, mientras desprecian a quienes luchan por frenar este absurdo. Si ustedes aprecian y leen entre líneas, estamos poniendo el foco en la “dignidad de la muerte” en vez de enfatizar y luchar por la “dignidad de la vida”, y a esto, lo llamamos “progreso”. Sin duda, estamos asistiendo al horror en directo.

Es cierto que Noelia no tuvo una vida fácil pero tampoco se encontraba ante una enfermedad terminal sino, más bien, ante heridas profundas que reclamaban atención, tratamiento, cariño y esperanza. De hecho, existen casos, de las mismas características que el de Noelia, en los que el desenlace ha sido radicalmente diferente. Personas cuyo testimonio nos recuerda que siempre existen otras salidas.

En el fondo, la pregunta incómoda no es si somos compasivos, sino qué entendemos por compasión. Porque acompañar no es acelerar finales, ni aliviar es renunciar. Tal vez el verdadero progreso no consista en ampliar las vías para morir, sino en ensanchar (de verdad) las razones para vivir, incluso cuando todo parece derrumbarse. Y ahí es donde nuestra sociedad se examina sin excusas: en la inversión en salud mental, en la cercanía real al que sufre, en unos buenos cuidados paliativos, en la capacidad de sostener a quien ya no puede más sin convertir su dolor en un argumento para desaparecer.

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