¿Han escuchado ustedes las delirantes palabras de Irene Montero en un mitin de Zaragoza con motivo de las elecciones de Aragón? “Quiero pedirles a las personas migrantes que no nos dejen solas ante tanto facha (…) ojalá “teoría del reemplazo” con la que podamos barrer de tanto facha y racista este país, con gente migrante y trabajadora, tengan el color que tengan, sea gente china, negra o marrona”. Es importante lo de “marrona”. Si no es “marrona”, ya nos lo tendríamos que pensar. Realmente patética.
Esta señora con casa en Galapagar y que tiene voz mediática gracias a su marido, no deja de sorprendernos. Su discurso, cargado de odio e intolerancia, que impone el pensamiento único y que acalla cualquier voz disidente, propio de la izquierda más rancia e intransigente, nos ha sorprendido con un discurso digno de tener en cuenta, no por las bondades y verdades que encierra -nada más lejos- sino por la beligerancia de su fondo y de su forma: “barrer” y “reemplazar”, dos términos que, inevitablemente, evocan a aquellos otros que utilizaban los fascismos del siglo XX en Alemania, Italia o España. Las tres potencias “barrieron” y “reemplazaron”, quitaron de en medio a todos aquellos que no comulgaban con sus ideas, que no convenían, que incomodaban. Y es que los extremos, de un lado y de otro, nunca traen nada bueno.
Alemania creó un Estado racial. Durante los primeros años del régimen nazi se implementaron una serie de criterios que determinaban quiénes pertenecían a una raza superior y quiénes a una inferior, incluso recogieron esos criterios en el libro “El manifiesto de la raza”. Los alemanes arios pensaban que los “inferiores” eran la causa de los problemas que aquejaban a la nación. De tal manera, elaboraron una compleja clasificación de los seres humanos: gitanos, discapacitados, homosexuales, testigos de Jehová, intelectuales cuya manera de pensar no concordaba con el régimen, y por ende, debían ser eliminados. Los judíos, catalogados como infrahumanos, estaban al inicio de esta lista. En la magnífica película “La vida es bella” de Roberto Benigni, hay una escena en la que Guido y su hijo van paseando por la calle y, mientras van hablando padre e hijo, se paran frente a una tienda. En su escaparate aparece un letrero con el siguiente mensaje: “prohibido la entrada a animales y judíos”. Realmente impactante. Y es que los nazis desarrollaron una teoría pseudocientífica que argumentaba que la sangre era la portadora de las cualidades raciales. El propósito era impedir la “contaminación” de la raza aria.
Es impresionante apreciar cómo una ideología es capaz de aniquilar a las personas cuando éstas no comparten los criterios impuestos. ¡Ojo! existen muchas maneras de destruir, barrer y reemplazar. En la Alemania de los años cuarenta el motivo era la raza, hoy, el motivo puede ser el odio y la falta de empatía a quienes piensan de manera diferente. Ayer, fueron los campos de concentración, hoy, pueden ser… ¿Quién nos asegura que la historia no se puede volver a repetir? Esa fue la respuesta que le dio un guía turístico de Auschwitz a un amigo mío cuando le preguntó, sorprendido ante tanto resto de masacre, el por qué mantenían aquello en pie.
Queridos amigos: si estos planteamientos, el de sustituir, barrer, reemplazar, eliminar del mapa a quienes piensan de manera diferente o no comparten una ideología determinada, acompañados de odio y amenazas, no tienen tintes fascistas, explíquenme ustedes qué es entonces el fascismo (salvando las diferencias). “No hay nada que impida que la historia se repita, salvo la memoria y la conciencia”.
Por cierto, querida Irene, “china” y “marrona” no son colores. Hable usted con propiedad.
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