PLAZA DE LA IGLESIA

El Falla: una batalla entre libertad y esclavitud

 

Cada febrero, el Carnaval de Cádiz se convierte en algo más que una fiesta. Por varias semanas el Gran Teatro Falla se transforma en foco mediático. Se convierte en una especie de plaza pública cantada, en un parlamento popular donde la crítica social se disfraza de copla. Es el único sitio donde no hay línea editorial, ni censura. Nadie revisa lo que los autores escriben y que con arte y valentía cantan las agrupaciones. Periódicos, redes sociales, televisiones, radios, etc. están pendientes de lo que, encima de aquellas tablas, se va a cantar. Todo un espectáculo de libertades. Incluso en tiempos de censura, el gaditano, con ingenio, coraje e ironía, siempre cantó y reivindicó, luchó y denunció.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, ha cambiado la cosa. Da la sensación de que la libertad gaditana, tan cantada y loada, ha mermado. Existe una especie de dicotomía en los autores de carnaval. Por un lado, defienden y reivindican la libertad de la fiesta pero, por otro lado, vemos que son cada vez más intolerantes, menos libres: autores que critican a otros compañeros por defender, criticar o elogiar ideas que son diferentes a las suyas, cuestiones que son tratadas de manera poco objetiva, a veces, faltando a la verdad, y una crítica social y política que no se reparten de manera equilibrada.

Aún recuerdo dos pasodobles, uno de “Las viudas de los bisabuelos”, y otro de “Los Titis de Cai” (entre otros) que criticaban de una forma durísima la gestión del gobierno, en aquel momento, el de Felipe González. Lo tacharon de traicionero. Aquellos autores, como la inmensa mayoría de los españoles, votaron al PSOE presidido por González, pero la sensatez y la libertad, lo llevaron a denunciar algo que era injusto. De igual manera, criticaron tanto al PSOE de Felipe González como al PP de Aznar, a Carlos Díaz como a Teófila Martínez. Hoy, con problemas muchísimo más graves que entonces, la inmensa mayoría de los autores callan. Tan sólo unas cuantas coplas han denunciado la desastrosa situación del gobierno de Sánchez. Casi nada se ha dicho del caso Koldo, de Ábalos, de Begoña Gómez, de las famosas comisiones, de los contratos a cambio de compensaciones de todo tipo (en carne y en metálico), de la gestión de las líneas ferroviarias, del paro, de la inmigración ilegal, de las sospechosas relaciones con Marruecos, del trato desigual hacia las comunidades autónomas, de la alarmante corrupción moral del PSOE, etc. Sin embargo, han llovido infinidades de coplas, algunas no faltas de razón, al gobierno de Juanma Moreno y del Partido Popular. Como siempre, la doble vara de medir.

El carnaval es crítica y libertad pero, cuando ambas cosas están sesgadas, politizadas o compradas, la fiesta pierde su frescura, su originalidad y su autenticidad, y el concurso se termina convirtiendo en algo tedioso, demagogo y cansino. Autores poco originales cantando siempre a lo mismo. Ya casi se ha perdido el ingenio gaditano, también el piropo. La mayoría de las veces, escuchando el comienzo de un pasodoble, sabes cómo va a terminar. No digamos nada de los cuplés en los que la grosería y el insulto se han convertido en la fuente de inspiración de “los poetas”, pero eso es ya otro tema, otra cantinela.

Quizás la cuestión sea otra más importante y profunda: la polarización de la sociedad de la que el carnaval, que no vive en una burbuja, no es ajeno. Lástima que la fiesta de las libertades, nacida en la cuna de la libertad, se haya convertido en tal cosa. Una libertad que no busca la verdad y la justicia se convierte en esclavitud. Quizás el concurso necesite de voces valientes que lo liberen de la mediocridad, la mentira, la demagogia y el aplauso fácil.

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