Desde el corazón de Andalucía suenan los clamores de la revolución del proletariado para aquellos que ponen la suficiente atención como para escucharlos, ya que al Estrecho llegan atenuados por el humo de las fábricas y el láudano de las distracciones modernas. Sin embargo, por hache o por be, me acabaron resonando y no pude más que hacerles el suficiente caso como para que la música empezara a sonar por estos lares. Así que, presa del hambre de conocimiento, aproveché unos días de vacaciones para peregrinar a la sevillana población de Marinaleda y conocer de primera mano qué era lo que allí se cocía (además de sus exquisitas alcachofas) y por qué lleva tanto tiempo haciendo ruido.

Para quien no sepa de lo que estamos hablando, vamos a hacer un pequeño resumen. Desde mediados del siglo XX, Marinaleda sufría por el elevadísimo desempleo, el hambre y la emigración. Aunque se vivía del campo, la propiedad de la tierra estaba concentrada en muy pocas manos que la destinaban a cultivos de secano. El secano apenas requiere mano de obra y da poquísimo rendimiento y aún menos empleo.
Después del franquismo (ya que antes resultaba imposible por razones obvias) comenzó una lucha de los jornaleros por hacerse con el control de las tierras. El pueblo se unió, se movilizaron con marchas y huelgas de hambre, consiguieron implantar el regadío y lograron la expropiación de la Finca El Humoso, que pertenecía al Duque de la Infantada. Desde ese momento, una cooperativa de trabajadores, sin jefes ni dueños, es la encargada de gestionar la tierra, ya no hay desempleo ni hambre, y las condiciones de vida mejoraron radicalmente.
La finca en cuestión tiene 1.200 hectáreas, lo que equivale a 1.700 campos de fútbol como el de la Unión o aproximadamente toda la superficie terrestre del Puerto de Algeciras. Cuando era de secano y pertenecía al duque, solo trabajaban en ella un puñado de personas, ahora que la gestiona una cooperativa de jornaleros y se implantó el regadío, medio pueblo (como quien dice) vive de ella. Se cultivan pimientos, habas, alcachofas, garbanzos, judías verdes… y también hay olivos. Y lo que es más importante, se transforman in situ esos productos, pues cuentan con una fábrica donde se producen alcachofas en conservas o habitas fritas y un molino donde se produce aceite de oliva virgen extra (de una altísima calidad, por cierto).
Si quieres trabajar, vas a la cooperativa y te apuntas. Los jornales disponibles se reparten entre todos los solicitantes. Hay para todos e incluso tienen que venir vecinos de otros pueblos, además de inmigrantes, siempre hace falta mano de obra. Y es verdad, yo lo he visto. Sin tener prácticamente ninguna formación académica, vas y trabajas en el campo o en la fábrica, lo que te da acceso a una vida digna en tu propia tierra. Todos cobran lo mismo, jornaleros, operarias, encargadas o jefes.
En el Campo de Gibraltar, por el contrario, no ocurre lo mismo. Dado que tenemos una economía basada en la industria y el tránsito de mercancías, es necesaria una alta cualificación para optar a un empleo. Y aún así, éste no está garantizado pues son muchos los jóvenes que, al acabar sus estudios, se ven obligados a marcharse a otros lugares en busca de empleo. Además, las industrias están gestionadas por consejos de administración ubicados fuera de la comarca, no pertenecen a los trabajadores. De hecho, el accionariado (la propiedad) es tan difuso y poco rastreable que difícilmente se puede conocer quiénes son. Las decisiones van encaminadas a maximizar el beneficio del accionista, no a mejorar la vida de la gente de la comarca.
Con esto no estoy llamando a la movilización colectiva para la expropiación de la industria, pero sí creo que merece la pena tomarse el esfuerzo de reflexionar sobre ello: ¿la estructura de la propiedad de la tierra (o de la empresa) influye en la calidad de vida del pueblo? Es decir, si las “cosas” que generan dinero pertenecen a muy pocas personas… ¿a quién beneficia, solo a esas personas o al común de los mortales
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