«La vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta. Es preciso estar alerta manejando el azadón, pero no falta varón que lo riega hasta en su puerta». Este texto pertenece al poema Consejos del Viejo Vizcacha, del poeta argentino José Hernández, incluido en su obra El Gaucho Martín Fierro (1879).
«Las cosas tienen que cambiar en España, como en Argentina y EE. UU.». Es vox populi que el Sr. Abascal (VOX) ha manifestado que, de llegar al poder, le parecería bien transitar por la senda del presidente de la República Argentina, Javier Gerardo Milei, quien está provocando el hundimiento del pueblo argentino en el mayor de los desastres. A la presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Ayuso (PP), le parece tan brillante la trayectoria barriobajera, vehemente, maleducada, desequilibrada, autoritaria, violenta y excéntrica del apodado «El Loco», «El León» o «El Peluca», que lo ha condecorado con la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid. Ocurrió precisamente en medio de una crisis diplomática motivada por las declaraciones de Milei sobre Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, tildándola de «corrupta» (2024). Ni Ayuso ni Abascal han comentado nada sobre los casos de presunta corrupción que los rodean a ellos y a Milei. Aunque, si no les extrañan los suyos, cómo les van a llamar la atención los de los demás.
Más allá de los discursos racistas, xenófobos, antimigratorios y de los espejismos de soberanías nacionales patrióticas, los datos sobre cómo la gente pretende llegar a fin de mes son el verdadero escaparate para los ciudadanos en España. En la Argentina de Milei, el pico de pobreza superó en 2024 el 54 % de la población (según mediciones del Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC] y estimaciones de la Universidad Católica Argentina [UCA]), llegando la indigencia a alcanzar al 18 %. Esto tiene mucho que ver con la caída del salario real, el desplome del consumo y la depauperación de las jubilaciones.
¿Con Trump iría la cosa algo mejor? Aparte de la locura armamentística y del desprecio más absoluto hacia esta España —a la que envidia y a la que tuvo que entregar en mano la Copa del Mundo de fútbol—, las cosas en los inmensos Estados Unidos tampoco andan bien. A mediados de 2026, las encuestas de opinión reflejan que más de un 70 % de los encuestados considera que el coste de vida aumenta desfavorablemente; a esto se suma que las reformas presupuestarias en programas de asistencia alimentaria (SNAP) y cobertura médica pública se han reducido notablemente, aumentando las dificultades para adquirir alimentos básicos de la cesta de la compra.
Milei, Trump, Ayuso y Abascal entonan las bondades de una sociedad libre donde el Estado debe recaudar para garantizar la libertad de los ricos a seguir explotando a los esclavos laborales por un plato de comida.
Una cosa que debe reconocérseles es que lo dicen así de claro: toda persona es libre de elegir entre trabajar o morirse de hambre. Dicho esto, qué perspectiva de mejora pueden tener los millones de personas que los votan y los aúpan al poder para terminar empeorando sus propias vidas. Al expresidente uruguayo Pepe Mujica se le atribuye infundadamente la frase: «El peor enemigo de un pobre es otro pobre que se cree rico y defiende a los que hacen pobres a los dos». Sin embargo, sí dijo esta otra: «Nos imponen una cultura de consumo donde nos creemos libres por comprar, pero en realidad estamos trabajando la vida entera para pagarle a los que nos venden la ilusión».
El sociólogo brasileño Jessé Souza, en su obra El pobre de derecha (2024-2025), reflexiona sobre cómo las clases populares sustentan a quienes las explotan: «El “pobre de derecha” es el resultado de la manipulación mediática y cultural que lleva al individuo precarizado a identificarse no con sus iguales, sino con las élites que justifican su dominación apelando a la meritocracia». En esto coincide con el pensador y político estadounidense Malcolm X: «Si no estáis prevenidos, los medios de comunicación os harán odiar al oprimido y amar al opresor». Ya hace años, en 1970, Paulo Freire, educador brasileño, decía: «El oprimido quiere parecerse al opresor, copiarlo, seguirlo. Hay en él una fascinación por el opresor y por su estilo de vida».
¿Qué han hecho las llamadas «izquierdas» para impedir esta fascinación de las masas por los opresores? ¿Ningún político de «izquierda» ha llegado a la conclusión de que han sido las propias «izquierdas» las que han defraudado, una y otra vez, a los pueblos? Unos pueblos que terminan arrojándose
en brazos de las «derechas» —a pesar de que les dicen claramente que se los comerán— huyendo de tanta falta de testimonio político en favor del pueblo.
A pesar del reiterado intento de tachar de «tontas y necias» a las personas que votan a VOX o a la Sra. Ayuso, por qué no se preguntan, quienes tanto empeño ponen en esto de analizar críticamente, qué es lo que han hecho las «izquierdas» gobernando para desencantar a tantos millones de votantes, que o votan a la extrema derecha o simplemente no votan.
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