Somos frágiles

 
Mucho más de lo que nos gusta admitir.
Caminamos por la vida con la falsa sensación de que todo está garantizado: el mañana, la rutina, las personas, el próximo mensaje, la próxima llamada. Nos creemos invencibles porque hoy respiramos, porque ayer también lo hicimos, porque el mundo sigue girando aunque no lo miremos. Pero basta un segundo —uno solo— para que todo cambie. Un segundo que no avisa, que no pide permiso, que no espera a que digamos lo que nos guardamos.
En un instante podemos dejar de existir.
O, peor aún, dejar de estar.
Y mientras tanto, discutimos por tonterías. Por palabras mal dichas, por silencios mal interpretados, por orgullos que pesan más que el amor. Nos enfadamos como si el tiempo fuera infinito, como si siempre hubiera una segunda oportunidad para arreglarlo, para llamar mañana, para decir “te quiero” cuando sea más cómodo, menos vulnerable, menos urgente.
Pero la verdad es esta:
no siempre hay un mañana.
Decimos “luego”, “otro día”, “ya se lo diré”. Y ese “luego” se convierte demasiadas veces en nunca. Nunca más escuchar su voz. Nunca más abrazar ese cuerpo que dábamos por hecho. Nunca más corregir una frase que hoy parece insignificante y mañana se vuelve una herida eterna.
Nos cuesta decir “te quiero”.
Nos cuesta pedir perdón.
Nos cuesta abrazar sin motivo.
Y, sin embargo, no nos cuesta nada enfadarnos, alejarnos, levantar muros, castigar con el silencio. Actuamos como si amar fuera un riesgo demasiado grande, cuando en realidad el verdadero riesgo es no hacerlo.
La fragilidad no es solo la posibilidad de morir.
Es la posibilidad de perder sin previo aviso.
Es vivir creyendo que tenemos tiempo, cuando lo único que tenemos es este instante exacto.
Somos cuerpos que se rompen, corazones que se cansan, vidas sostenidas por hilos invisibles. Y aun así, desperdiciamos lo más valioso en guerras pequeñas: quién tuvo razón, quién habló primero, quién debería dar el paso. Como si ganar una discusión valiera más que conservar un vínculo. Como si el orgullo pudiera abrazarnos cuando ya no quede nadie.
Tal vez vivir de verdad sea recordar cada día que no somos eternos.
Que estamos de paso.
Que amar no debería posponerse.
Decir “te quiero” hoy.
Abrazar hoy.
Perdonar hoy.
Escuchar hoy.
Porque mañana no es una promesa.
Es solo una posibilidad.
Y cuando entendemos eso —de verdad— algo cambia. Dejamos de correr tanto, de gritar tanto, de exigir tanto. Empezamos a cuidar más. A hablar con más verdad. A mirar a los ojos como si pudiera ser la última vez, no desde el miedo, sino desde la conciencia.
Somos frágiles, sí.
Pero en esa fragilidad vive también lo más hermoso:
la capacidad de amar como si importara, porque importa.
Mucho más de lo que creemos.

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