PLAZA DE LA IGLESIA

¿Aún no lo ves?


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Vivimos un cambio de época. Negar que el mundo está cambiando y, además, a una velocidad vertiginosa, es negar la evidencia y engañarnos a nosotros mismos. Estamos viviendo transformaciones políticas, económicas, culturales e incluso antropológicas. Sí, el ser humano, aun siendo de la misma naturaleza que siempre, ya no es el mismo. Estamos experimentando una gran mutación social que tiene su causa primera (aunque no la única) en el relativismo, que nos dice que “no existen valores absolutos” y que “todo está en función de la percepción subjetiva de cada uno”. Como consecuencia de lo anterior, las verdades son consensuadas por la masa social. El colmo de los colmos. Una auténtica locura. 

El cambio y el progreso, si son buenos, si mejoran nuestra calidad de vida y, además, ayudan a que seamos mejores y más felices, son bienvenidos, de lo contrario, habría que ser cautos y pensar muchísimo la dirección. Pero mucho me temo que no está siendo así. Las consecuencias, también evidentes, nos están llevando a una deshumanización extrema, convirtiendo nuestro mundo en algo extraño, irreconocible y, lo que es peor, “invivible”: los más débiles y pobres quedan excluidos y no son tenidos en cuenta, los jóvenes experimentan un extraño malestar, aumento de los suicidios y de los cuadros de ansiedad, ideología de género, empobrecimiento, sensación de soledad aun estando rodeado de gentes, corrupción, violencia, etc. Todo ello, en una sociedad que abandera la libertad. ¿No es extraño? Sinceramente, algo estamos haciendo mal y no lo estamos viendo (o no lo queremos ver).

Cuando la vida se nos va en las causas ambientales o en la defensa de los animales (que son buenas y necesarias) pero pasamos de largo ante el mendigo que está en el cajero de la plaza o incluso descartamos y olvidamos a la abuela que “sobrevive” sola en el piso de al lado, quiere decir que algo extraño y preocupante nos está sucediendo.

Quizás tengamos que reconocer de una vez por todas que hay dos cosas que no hemos de obviar (entre otras cosas): la ética y la ley natural, es decir, el orden natural que existe en el ser humano que nos permite distinguir lo bueno de lo malo y la verdad de lo que no lo es y, de esta manera, configurar nuestra vida. De lo contrario, la libertad de la que tanto hablamos y presumimos será nuestra tumba y, nuestro mundo, el mayor de los infiernos, que es lo que está sucediendo. No es pesimismo. Es evidencia y realidad. ¿Aún no lo ves?

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