Los andalucistas consideran demagógica la congelación salarial anunciada para este año en las retribuciones de la primera edil, las de los concejales liberados y la del personal de confianza, como si la demagogia no fuera con ellos ni con muchas de las ocurrencias a las que echan mano para oponerse. Y es que es muy fácil, y desde luego también muy humano, todo hay que decirlo, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. En respuesta a la medida de la congelación de los sueldos de los miembros del equipo de gobierno, por cierto, en absoluto novedosa, porque no suben desde 2007, según creo, al PA le ha dado por pedir una vez más la reducción en un 25 por ciento la mensualidad que perciben todos los miembros de la Corporación. Un gesto de cara a la galería que puede despertar simpatías y adhesiones en el electorado, pero que apenas serviría para ahorrar a las arcas municipales unos 120.000 euros anuales, lo que resulta toda una minucia ante las dimensiones del problema económico que arrastra el Consistorio, y no es que pretenda diciendo esto poner en duda la importancia que los gestos tienen y deben tener en política, tanto en la de andar por casa como en la de altas miras. Lo que pasa es que la iniciativa del principal partido opositor en el Ayuntamiento barreño parte de una premisa que no se ajusta a la verdad, la de que los concejales con dedicación exclusiva cobran una barbaridad, y no lo es. Sin ir más lejos, son muchos los empleados municipales que cuentan con nóminas de cuantía más alta. El salario medio neto de los ediles liberados puede estar en torno a los 2.200 euros, chispa más o menos, una cantidad que no es como para escandalizarse y llevarse las manos a la cabeza. Quienes deciden dedicarse a la gestión y administración de la cosa pública deben hacerlo con desinterés y por vocación de servicio. De acuerdo. Pero resulta obvio que alguna compensación razonable han de recibir por ello. Si no, la tarea de gobernar correspondería sólo a los más ricos y acomodados, como sucedía antaño, los menos afortunados no podrían optar a cargo alguno y la democracia, en lugar de una realidad francamente mejorable, como hoy lo es, no sería más que una auténtica quimera.
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