Accidentadas sanciones

 

Rafael Fenoy Rico | Secretario de Comunicación Educación de la Confederación General del Trabajo (CGT)

¿Nos trajeron los regalos largo tiempo esperados? ¿Encontramos alguna sorpresa? Agradable por, agradablemente inesperada o desagradable por inesperadamente no deseada; o deseada pero no recibida… Al fin y al cabo los 365 días del año Reyes, Magos e Ilusionistas, nos venden consuelos e ilusorias esperanzas. Novedades a diario que unas veces “nos regalan” la sensación de que estamos mucho mejor de lo que parece, o que el fin de la crisis está muy próximo, o, como el consumo se ha activado y el empleo aumenta algo, poco y mal estructurado, pretenden obsequiarnos con las oníricas perspectivas de cambios a mejor.

Las fiestas consumistas han acabado, aunque para quienes aún tienen poder adquisitivo, el consumo sigue siendo posible. Un consumo que es la base de todos los regalos, magias e ilusionismos de un modelo económico que se degrada lenta pero inexorablemente. Miremos las etiquetas de todo aquello que hemos y nos han regalado. Observaremos en mucha de ellas que el “made in Sapin” no aparece por ninguna parte. Mala, ¡muy mala señal!, que los escasos euros de que disponemos de momento, abandonen el territorio donde vivimos. Una sociedad que no produce bienes y que debe importarlos se sumerge en una espiral que inevitablemente la empobrece. Ya en el Siglo XVII el mercantilismo abogaba por la protección de las mercancías propias al objeto de evitar la fuga de “capitales”, en esos momentos monedas de oro y plata. De suerte que aquellas naciones más proteccionistas, Francia e Inglaterra, le ganaron la mano a la vieja e imperial España, que se dedicó varios siglos a comprar y comprar, produciendo muy poco y que tuvo que ceder a las presiones de la potencias bélicas del momento abriendo sus mercados más aún de lo que lo estaban.

Todo acto de consumo es un acto profundamente político. Porque en definitiva el arte del buen gobierno requiere de la cooperación del pueblo gobernado, y es en los dominios del consumo donde se concreta una parte importantísima de la “soberanía” popular” y consecuentemente de la economía de un país. Comprar aquello que necesitamos para vivir y que produce nuestro vecino, aquello que se fabrica en nuestra tierra, permite que el dinero utilizado para ello circule generando riqueza. Pero de estas cuestiones no nos adviertes ni los Reyes ni los Magos ni los ilusionistas.

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