MONTE DE LA TORRE

Apocalíptica dama

 

Desconozco, apocalíptica dama, que tipo de caballo montas, salvaje por supuesto que es; lo que sí, bien sabedor soy, es que a mí en cualquier momento me puedes hacer descabalgar del tiovivo de la vida, en el que mis padres, con la alegría que aporta el amor, me sacaron el billete esperando que disfrutara mucho y que durara muchísimos años el viaje.

Cuando era joven si me atacabas lo harías a traición, temías a mi buena condición física; pero ahora cuando mi caminar es lento y dificultoso no escondes tu faz, que más te da que vea tu guadaña si no puedo escapar.

Primero me acosas con tu jauría de perros, tus serviles sicarios, esas terribles enfermedades. Son los mismos que también azuzaste contra mi persona en otras etapas de mi vida, algunos me mordieron y han dejado en mi cuerpo incurables heridas. En aquel momento conseguí rechazarlos con las pedradas más fuertes, las que arroja un cuerpo lleno de vitalidad, pero ahora ya anciano cuando mucho me cuesta desplazarme bien sabes que esos dogos tuyos, con solo un escalofriante ladrido, me meten miedo en el cuerpo y si sus dientes se me clavan estoy perdido. Ahora, apocalíptica dama, no te importa hacer acto de presencia y segar mi vida como espiga madura, pero, recuerda, mi carne y mis entrañas pueden comer tus maléficos servidores, pero lo que nunca será festín de vuestra escatológica mesa será mi alma y mis huesos.

Mi espíritu no lo matas, ese siempre estará vivo; los míos se encargarán, con la llama de su amor y una oración, de mantenerlo a salvo en el altar de sus corazones y mis huesos, la buena tierra los guardará para que tú, muerte, al ver ese esqueleto tiembles, pues puedes pensar que ya, al ser un muerto más puedo, en venganza, querer contigo acabar, pero, no te guardo rencor porque privándome de vivir me quitaste de sufrir y ahora soy una de esas muchas estrellas y luceros que por el día son invisibles a los humanos ojos pero, en la nocturnidad de la noche brillamos libres de tu miedo, del acoso que supone saber que somos mortales.

Tú puedes enterrar vidas, cubrir con negra losa de luto los hogares, pero lo que no puedes, aunque tu aliento sea infernal, es inhumar la luz de las almas o borrar el camino que en su vivir abrieron, ese mientras un corazón palpite y un cerebro memoria tenga se mantendrá.

Me tendrá a sus pies, pero mientras tenga sentido, nunca será por mi voluntad, pues a la muerte no hay que rendirle pleitesía por mucho miedo que mata. Usted, es una ladrona, una pariente mala de Morfeo. Él, el buen sueño, nos resucita a la vida cada mañana, pero, usted envidiosa de su bondad nos sume para siempre en el eterno, pero no sabe que llegará otra luz, la espiritual, que a estrellas anónimas nos elevará.

 

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