SOBRE NUESTRA VIDA

Aprender

 

A partir de la adultez, para aprender es necesario vaciarse de los conocimientos adquiridos. En el momento que crees que ya sabes, no estás dispuesto a aprender. ¡Y no aprenderás! 

Aprendemos de las situaciones más adversas. No obstante, el momento en el que juzgues la situación, busques culpables o te culpas a ti, tu oportunidad de aprendizaje se te escapa. 

Lo que aquí suena fácil y sencillo, en la vida diaria no lo es. Ocurre sin que nos demos cuenta, ya que la mayoría de las veces no somos conscientes de lo que estamos experimentando. En el momento en el que sentimos que nos fastidia una situación – en el enfado, el rechazo, el lamento etc. – no acogemos la situación como una oportunidad de aprendizaje, como una señal que nos indica por dónde hacer el siguiente paso para cambiar, mejorar y crear algo nuevo. Todas estas oportunidades no se dan en el momento de rechazar y juzgar la situación.

Las situaciones, las relaciones humanas, cada momento que vivimos y experimentamos nos brindan una oportunidad para crear algo nuevo, crear nuestro día, nuestro «paso a paso». Sin embargo, ¡no es lo que hacemos! ¡Ni siquiera vivimos las situaciones, relaciones y momentos! Algo nos tiene más bien empujado o arrastrado por la vida en vez de permitirnos vivirla. 

¡Respira!

Cada respiro que haces conscientemente puede devolverte la capacidad de vivir ese mismo momento que estás viviendo. Y aun así, aunque te digo aquí que respirando te traerás a ti mismo y a tu momento, no es tan fácil. En talleres de Coaching que he realizado he recibido en repetidas ocasiones la respuesta «no quiero relajarme», e incluso «no quiero respirar»; «estoy mejor haciendo cosas y corriendo de un lado a otro». 

A pesar de la incomodidad que yo sentía en estas situaciones en las que me dieron a entender que no les enseñe lo que he venido a enseñar, estoy agradecida por ello. Me enseñaron abiertamente lo que muchos otros participantes sentían sin expresarlo. 

Muchas personas – la mayoría tal vez, si no han pasado por una formación psicocorporal profunda – no quieren escucharse a si mismos. Y es comprensible, ya que nos pone en contacto con todas las emociones que metimos en cajitas cerradas desde la niñez. Fácilmente, cuando nos paramos a respirar y escuchar nuestro corazoncito, suben a flor de piel esas emociones no vistas, esas heridas no curadas. 

A lo largo de los años en los que trabajaba como docente, he visto que a veces incomodaba a mis alumnos. Incluso «víctima» se sintieron de mis enseñanzas algunos en algún momento de mi vida ¡Tal fueron las resistencias!

Momentos de dolor en mi vida, sensación de no haber sido recibida con mis intenciones de formar a personas y ayudarles a adquirir habilidades para la vida. Con los años fui dándome cuenta de que no se puede forzar el aprendizaje. Ni el emocional, ni otro tipo de aprendizaje, como por ejemplo los idiomas.

Observaba cómo lo hacen otros profesores cuando me encontraba en la enseñanza pública. Aquí está lo que encontré: apoyado en el libro o en unos apuntes bien planeados, actividades bien organizadas, con sus juegos y dinámicas incluidas, el profesor no se comunica con sus alumnos con el corazón abierto. Posiblemente apenas busca el contacto a través de la mirada. 

Armados con sus apuntes, su Power Point y los conceptos bien predefinidos, vamos de clase en clase, de curso en curso, repitiendo lo mismo y haciendo los mismos juegos, dinámicas y actividades, diciendo incluso literalmente las mismas frases. 

No importa el individuo, da igual si el alumno o aprendiz asimila y realmente aprende lo que se le quiere transmitir – el resultado de las enseñanza se comprobará más adelante con un tipo-test o examen escrito donde se aplican nuevamente criterios predefinidos para su evaluación. 

Aprender, no obstante, comienza por el docente mismo. Aprender ocurre en la relación entre el enseñante y el aprendiz. En un intercambio personal, el buen maestro deja que el alumno le sorprenda y vaya más allá de lo enseñado. Ese es el aprendizaje creativo que tanto necesitaría nuestra sociedad. 

 

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Opinión Veronika Gau

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