Patricio González García | Ecritor y analista
Albert Rivera Díaz presumía de ser un gran nadador y un chico bien del PP catalán, dónde militó durante cuatro años. Algo que suele ocultar ahora, pero ES ASÍ.
Ahora el ascenso de Albert Rivera y su marca, Ciudadanos, afronta una encrucijada. «Yo seré transversal», consciente de su creciente papel como partido bisagra, no ha parado de ir a Madrid, comer y cenar con personas variopintas, y tejer una red de influencias nada desdeñable.
Pero el escenario se complica y su primera reválida es Andalucía. ¿Con quién pactará Ciudadanos? Y sobre todo, ¿será este primer paso un pasaporte definitivo a otras coaliciones? ¿Puede Rivera dar sus votos a la izquierda en Andalucía y ofrecerse al PP, su antiguo partido, en otras plazas electorales? La encrucijada es gorda, porque tampoco el electorado perdona vaivenes y ofertas volátiles. Esa invocación a la transversalidad le puede ser rentable de momento. Pero tal vez sea lesiva y muy negativa a largo plazo.
Sea como fuere, y ante el creciente ascenso de Ciudadanos en las encuestas, Albert Rivera afronta todo un proceso de ortodoxia y definición política. Si pacta con unos, o lo hace con otros, en plan veleta, acabará mal parado. Expertos sociólogos coinciden en que la esperanza de los llamados partidos bisagra se diluye en guerrillas de poder. Así se vio en formaciones como Unión Valenciana, el Partido Regional de Cantabria o en el PAR aragonés. «Flor de un día para llegar al poder», dicen estos profesionales. Si cometen un error en su primer pacto y actúan con veleidad es su final, añaden sin dudarlo.
Mimado y anhelado, Rivera se permite lanzar un órdago a Susana Díaz: «No estaré con un PSOE que mantiene a Chaves y Griñán», ha dicho contundente. Como valentonada puede servir, pero la historia política de este país anda llena de declaraciones similares, después sepultadas por negociaciones y cargos. El líder de Ciudadanos puede ahora, y parece que las encuestas se lo permiten, venderse muy caro. Pero la hora de la verdad, con el denso horizonte electoral en ciernes, demanda ofertas claras. Los jueguecitos se pagan y deberá medir muy en serio su política de pactos.
Así las cosas, se ha visto en las últimas semanas con destacados «gurús» del IBEX, a quienes intenta vender su programa económico y calmar frente a las agitadas amenazas de Podemos. «Yo soy el líder tranquilo»,. Es amable, exquisito y educado, pero todos quieren que se defina. Aquí está la clave. Albert Rivera puede subir mucho en las encuestas pero debe, como avezado nadador, sincronizar la jugada. De lo contrario, puede ahogarse sin remedio. Sin salir a flote.
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