De silencios y cornadas

Miguel Giménez y Juan Carlos Cabello han resultado heridos de pronóstico menos grave esta tarde en la Maestranza. El festejo, largo y pesado, se ha saldado sólo con silencios tras lidiar el debutante Javier Velázquez tres novillos de los Herederos de Salvador Guardiola y un sobrero del Conde de la Maza. Lo mejor ha corrido a cargo del malagueño Juan Carlos Cabello, que antes de pasar al quirófano tras la cornada dejó muestras de oficio y buen toreo


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NOVILLOS: Se han lidiado novillos de Herederos de Salvador Guardiola y uno de Conde de la Maza -lidiado como sobrero en primer lugar-, bien presentados y de juego desigual. Serios y astifinos, nobles, flojos y parados. El primero del Conde de la Maza, noble y encastado.

NOVILLEROS: -Javier Velázquez, de celeste y oro, silencio tras aviso, silencio en el que mató por Giménez, silencio y silencio en el que mató por Juan Carlos Cabello.

-Miguel Giménez, de berenjena y azabache, herido en su primero.

-Juan Carlos Cabello, de espuma de mar y oro, silencio tras aviso y saludos tras aviso tras ser herido.

CUADRILLAS: Saludaron tras parear José María Montoliú, Sergio Díaz, José Otero, Antonio García y Daniel Duarte.

INCIDENCIAS: Media plaza.

Manuel Viera.-

Quién hubiera podido pensar que Javier Velázquez se iba a encontrar, frente a frente, con cuatro ‘guardiolas’ la tarde de su debut en la Maestranza. El sevillano de La Algaba ni por asomo. Aunque ello no es óbice para que el resultado final, tras los cuatro trasteos, hubiese sido más coherente con las circunstancias del que debe ser consciente de lo decisiva que resulta una tarde en la plaza de toros de Sevilla. A Velázquez le jugó el destino una mala pasada, porque dejar pasar el deseado tren de la oportunidad soñada es una forma de mandar a las escombreras muchas ilusiones. La lucha de estos, no ya tan jóvenes, aspirantes por meter cabeza en las primerísimas plazas que dan y quita es de órdago. Javier Velázquez es un ejemplo vivo de lo que supone encontrar el deseado hueco mientras se bate en las duras batallas por los difíciles ruedos de los alrededores de Madrid. Y cuando se consigue, con el único objetivo de seguir avanzando, llega el maldito destino para devolver al olvido los sueños y las esperanzas de futuro.

A Miguel Giménez lo mandó a la mesa de quirófano un bonito utrero burraco, serio y astifino nada más iniciar la faena de muleta. La cogida fue impresionante, sobre todo cuando el morlaco lo empujó hasta las tablas, y allí, debajo del estribo, le tiró con saña

la puñalada a la yugular. Milagro es que sólo una limpia cornada de veinticinco centímetros en la cara posterior del muslo derecho lo dejará fuera de combate durante los próximos ocho días. También Juan Carlos Cabello tuvo que pasar por las manos de Ramón Vila tras exprimir con enorme valor y atisbo de buen toreo las complicadas embestidas sin clase del segundo toro de Giménez. El malagueño fue empitonado en la cara posterior del muslo izquierdo cuando se disponía a iniciar un pase por la espalda, con el resultado de una cornada de quince centímetros calificada de menos grave.

Así las cosas, al bisoño diestro de La Algaba sumó otra nueva oportunidad en la lidia del segundo de Cabello. Pues ni con los suyos -primero y cuarto-, ni con los añadidos -segundo y sexto-, estuvo lúcido el sevillano, a pesar de mostrar unas formas donde el temple y la largura del pase parecen ser sus características principales. Velázquez no estuvo bien con el noble, complicado, aunque apagado, sobrero del Conde de la Maza lidiado en primer lugar. Ni con la noble y pastueña embestida del cuarto. Ni con el buen son del astifino segundo. Ni con el soso y parado sexto. A Velázquez le cuesta quedarse quieto, dejar el engaño en la cara de sus oponentes para tirar de la embestida y ligar los muletazos. Su toreo no tuvo continuidad y a pesar de los muchos pases, por aquí y por allá, no encontró la forma de hilvanar unas faenas que distaron mucho de su concepto de toreo clásico y pausado. Y además, mata muy mal.

Juan Carlos Cabello se fue de vacío sin conseguir ese triunfo que rozó con las puntas de los dedos. Otra vez el maldito destino. El malagueño, muy puesto y decidido, maneja el capote con gusto y sentido. Su toreo a la verónica es de altura. Lo mostró en los lances al tercero, un complicado animal al que supo entender por el lado derecho. Cabello presenta los engaños muy adelantados para acompañar la embestida con trazos muy despacio y rematados siempre atrás. Así lo hizo en una faena en la que demostró oficio y un excelente gusto en las formas pese a dejarla inconclusa. Con el quinto, el segundo de Giménez, un novillo que no llegó nunca a humillar y de cambiantes y discontinuas embestidas, le sacó muletazos a derecha e izquierda hilvanados, incluso con ritmo en el trazo y no exentos de verdad. Como pudo, tras la cornada, lo mató con entrega en la estocada.

La tarde fue larga y aburrida, con novillos lustrosos y de bonitas hechuras pero aún muy lejos de aquellos otros, lustrosos también, de recordada bravura. Jaime Guardiola está en ello, en recuperar sus ‘guardiolas’. Aún le queda. Habrá que esperar.

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