MONTE DE LA TORRE

El sorprendente encuentro con Álvarez

 

Hace unos días haciendo limpieza en el trastero al abrir una desvencijada maleta de madera oí que me hablaban: “Bueno, por fin me sacan del olvido” Esto me decía, para gran sorpresa un libro viejo y cubierto de polvo.   Nunca pensé que los manuales hablaran; creía que eran como una lata en conserva de palabras y si no se abrían sus tapas y se leían no se saborearía su aportación cultural. Sorprendido dejé que este se explicara: – “Hola, joven, desconozco tu nombre, el mío es como bien dice en la portada Álvarez.  Soy el tercero de los hermanos. Supongo que por ahí deben estar los otros   si no los arrojó alguna mano poco agradecida a un vertedero y están ya podridos. Mira, tú ya como trabajas online poco te falta para no saber lo mucho que valemos los libros; bueno, más que valer somos el principal adminículo para ayudar en el camino de la vida a los que con entusiasmo se dejan guiar. Puede que tu padre o tu abuelo no te hayan contado que nosotros los “Álvarez” fuimos sus compañeros en aquel camino de la infancia. Íbamos con ellos a la escuela, veníamos y siempre abiertos a ofrecerles el saber de cualquier materia, pues en nuestro cuerpo de papel encontraban hasta unos versos de Gabriel y Galán, a la prosa de Fernández Flórez, así como toda clase de cálculo, enseñanza religiosa, historia… Si me abres verás todo lo que contengo. Los niños de hace sesenta años no podían emprender su camino escolar sin un “Rayas” y luego con mis hermanos y yo, los “Álvarez”.  No pretendo desvirtuar la labor de otras enciclopedias más modernas como “Larousse” pero el que estaba al alcance de aquellos niños, el que les veía crecer, el olvidado muchas veces en la mochila por la ilusión que supone jugar, esos éramos nosotros. Ves, en la tapa me falta un trocito…”

A lo que le contesto riendo:  – “Sí parece una mordedura de ratón de biblioteca”

El libro agitando sus páginas amarillentas responde: – ¡” Qué va, es un bocado, el que me dio un tío tuyo, el más jovencito de la casa, quien al ver que llegué tan nuevo, oliendo a papel recién impreso y que iba a ser el “paedagogo” de tu padre me cogió y, enfurecido me mordió intentando con ello que tu progenitor no me quisiera. Él llevó su reprimenda y como dijeron tus papás el libro era para compartirlo todos y así fue, cuando llegó a tenerme que utilizar reía pensando que menos mal que no me rompió alguna página. Bien, amiguito, pues nosotros somos los que ayudamos a los hombres y mujeres a hacer carreras, pero lo más importante es a inculcarles humanos valores.”

Entonces no lo pude evitar y grité: – “Pues me siento molesto con mis papás por no tenerte en su biblioteca y solamente exponer allí nuevos y lujosos volúmenes.”

El libro dijo: – “No te enfades, ya irás viendo que las personas son ingratas con ellas mismas y a los maestros, en este caso los libros del ayer, al considerarnos desfasados, nos condenan al ostracismo; al menos tus progenitores me metieron aquí, pero sería peor si me lanzaran a un contenedor de basura por viejo y anticuado.”

Saqué a “Álvarez” de la maleta lo limpié y lo llevé a la casa. Estaba mi padre sentado en el salón y mostrándoselo le dije: – “¿No te acuerdas de él?  Te ayudó a hacer el camino primero de la vida, tu infancia y adolescencia”.

Emocionado lo cogió, lo abrazó y después lo colocó en el estante de la biblioteca. Desde entonces cuando lo miro el libro me lanza un guiño y me dice: – “Tú me rescataste del olvido, pero me gustaría algún día tener a mi lado a mis hermanos”.   

No cesaré de rebuscar en mi casa y en la de mis familiares para encontrar a esos otros miembros de nuestro hogar y de los españoles, los libros de aquellos años que como el gran D. Miguel Delibes nos enseñaron “El Camino” de los caminos.

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