Francisco Casero, en huelga de hambre por la dignidad de Andalucía

 

Juanlu González | bits rojiverdes.org

Conocí a Francisco Casero hace ya muchos años, quizá demasiados, justo cuando daba mis primeros pasos, todavía en taca taca, en las movilizaciones ecopacifistas de la provincia de Cádiz. Paco nos introdujo en el mundo del campo andaluz, en la problemática jornalera, en el campesinado sin tierra. Trabajadores y trabajadoras del Sindicatos de Obreros del Campo y miembros de la Federación Ecologista Pacifista Gaditana convergimos en multitud de iniciativas reivindicativas en Cádiz y en toda Andalucía. Las banderas blancas y verdes, muchas de ellas con la estrella roja en el centro, daban un inolvidable toque de color revolucionario a cada uno de los actos que organizamos conjuntamente.

Ocupaciones de fincas públicas abandonadas, de vías pecuarias ocupadas por terratenientes, manifestaciones y marchas, muchas marchas, por la campiña y la sierra gaditana, aunaron voluntades de jornaleros y ecologistas con gran éxito político y mediático. El Plan Forestal Andaluz le debe su origen a aquellas primigenias reivindicaciones. Algo parecido sucedió con la recuperación de las cañadas, lo conseguido hasta la fecha en toda la comunidad autónoma, no podría entenderse sin las ocupaciones, las denuncias, las detenciones y muchas refriegas con las autoridades, armados con viejos mapas amarillentos rescatados de archivos municipales con los que justificar la legalidad de nuestras acciones de protesta. Ecopacifistas y jornaleros, juntos, rompimos muchos moldes. Pertenecíamos, por lo general, a dos mundos lejanos, el medio rural y las sociedades urbanas. Casi treinta años después, aún conservamos buenas relaciones fraguadas en torno a una buena candela y un ajo arriero comido por el método tradicional comunitario de la cuchará y el paso atrás. Sin embargo, una persona logró aunar lo mejor de los dos mundos. Paco Casero, fundador y secretario general del Sindicato de Obreros del Campo, se convirtió poco después en coordinador regional de la Confederación Ecologista Pacifista de Andalucía, la mayor organización del ecologismo social del estado español y modelo para la articulación del movimiento estatal, mucho después, en Ecologistas en Acción.

Junto con Juan Clavero, recibió el Premio Andalucía de Medio Ambiente en 2002, un reconocimiento a los largos años de lucha incansable en pos de la conservación, del empleo y la dignidad de la vida en el medio rural. Posteriormente recaló, de manera casi natural, en el Comité Andaluz de Agricultura Ecológica, del que ha sido su alma máter hasta el mismo momento de su jubilación, alcanzando logros impensables en la expansión de este sector que han logrado situar a nuestra comunidad a la vanguardia de la agricultura respetuosa con el medio ambiente y la salud en el estado español.

Pero Paco es mucho más que un listado de cargos y una larga ristra de premios y reconocimientos. A pesar de sus responsabilidades, nunca dejó languidecer su lado más combativo. Nos impregnó a todos de su determinación y de su noviolencia ghandiana; de la preocupación por los más cercanos, sin olvidarse de las injusticias que se suceden en cualquier rincón del mundo; nos contagió de su radicalismo, pero siempre con un afán de entendimiento y mediación inconmensurables; de su gran formación y experiencia vital mezclada con enormes dosis de pedagogía… y, sobre todo, de una coherencia vital ejemplificadora de una persona entregada completamente a una y mil causas y que ha hecho de su vida el permanente servicio a los demás.

Aunque de mis torpes palabras pudiera desprenderse que nos encontramos frente a una personalidad mesiánica, nada más lejos de la realidad. Paco es un hombre amable, cercano, paterno y fraterno a un tiempo, que jamás incomoda ni exige a los que le rodean que tengan su misma capacidad de trabajo y entrega. Ya jubilado, algunos creían que, a sus 65 años, se retiraría plácidamente a la vida contemplativa y a gozar de un más que merecido descanso. Nada más lejos de la realidad. Con un poco de tiempo libre, Paco ha encontrado el hueco necesario para volver a su método de protesta más genuino: la huelga de hambre. Al estilo de luchadores como el Mahatma o de conocidos irenistas patrios, él usa el ayuno voluntario indefinido como altavoz de protesta, para dar la voz a los que no la tienen. Recuerdo, entre otras, la huelga de hambre realizada contra el basurero nuclear del El Cabril, el ayuno contra la presencia del submarino nuclear Tireless en Gibraltar, o la huelga en la puerta de la Base de Rota contra la primera guerra del Golfo en Irak, por citar algunas protestas protagonizadas por Casero.

Su tirón mediático y humano, los apoyos y las adhesiones que concitan son su mejor arma para denunciar el lamentable estado que viven los campos de Andalucía, el abandono del medio rural, la marginación de la agricultura ecológica en las políticas comunitarias, los recortes brutales a los fondos para el desarrollo rural y el descrédito de cierta clase política. Su nuevo sacrificio está siendo un acicate para que volvamos la vista hacia los orígenes, hacia lo tangible, hacia lo natural, lo sencillo y lo humano.

Andalucía ya ha pagado con creces el legendario castigo impuesto por ser hombres y mujeres de luz, no podemos seguir por más tiempo sufriendo las consecuencias de aquel latrocinio perpetrado hace cientos de años: la privación al campesinado andaluz del acceso a su tierra. Y un pueblo sin tierra es aún peor que un país sin estado. Casero, el líder jornalero, el dirigente ecologista, el agricultor ecológico, retoma con esta nueva acción las esencias de la patria andaluza. Paco está de pie, como siempre estuvo, pidiendo tierra y libertad, pero también pidiendo dignidad y respeto para las gentes del campo y exigiendo a los políticos agilidad, transparencia, participación y honradez. Hoy, más que nunca, Paco Casero es Andalucía, pero no la que divierte, sino la que molesta.

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