En los poblados de chozas del P.N. Los Alcornocales, el tiempo no lo marcaban los relojes, sino los ciclos de la tierra. Allí, donde el médico era una figura lejana y casi legendaria, surgía la figura de la mujer como verdadera sacerdotisa de la salud. Ellas, herederas silenciosas de la sabiduría, conocían el lenguaje de las hojas y el secreto de las raíces.
La despensa de una choza no estaba completa sin sus manojos de plantas secas colgados de las vigas de madera. Cada especie tenía su misión sagrada y las mujeres conocían el mapa botánico de la sierra como si fuera su propio hogar: el poleo-menta era el remedio infalible para las digestiones pesadas tras las matanzas; la jara como potente antiséptico para lavar heridas o como emplastos para calmar los dolores de huesos; la hierbaluisa se usaba para calmar los “nervios del estómago”, ayudar a dormir a los niños; el lentisco que se usaba para preparar enjuagues con sus hojas para fortalecer las encías, y masticar sus ramitas jóvenes servía para limpiar los dientes y refrescar el aliento de forma natural; el acebuche se utilizaba para ablandar durezas, tratar quemaduras y, mezclado con ciertas hierbas, servía de base para masajes que aliviaban las espaldas cargadas de los corcheros; el romero se usaba en alcohol para masajes contra el reuma, en infusión para los resfriados y quemado sobre las brasas de la cocina de carbón para purificar el aire de la choza cuando entraba la enfermedad.
Para estas mujeres, recolectar no era arrancar sino que había un ritual basado en el respeto: se cogía solo lo necesario y en el momento preciso, a menudo siguiendo las fases de la luna o las primeras luces del alba para que la planta conservara su fuerza o pureza.
La cocina de carbón se convertía en un laboratorio de alquimia donde con el saber empírico se hacía medicina. Allí se preparaban infusiones lentas en jarros de barro, ungüentos mezclando plantas con grasa de la matanza y emplastos calientes aplicados con paños de algodón que aliviaban el pecho cuando el frío húmedo de la sierra calaba los huesos.
En los poblados de chozas, la salud no se entendía solo como la ausencia de dolor físico, sino como un equilibrio entre el cuerpo y el alma. Las mujeres eran las guardianas de ese orden invisible. Su papel social trascendía al de simples curanderas.
La honestidad de estas mujeres se reflejaba en su falta de egoísmo. Si una vecina enfermaba, allí estaba la otra con su “puchero de hierbas” o sus paños calientes. El conocimiento era un patrimonio del bien común. Se compartían semillas y consejos sobre el dintel de la choza, asegurando que ninguna familia se quedara desamparada ante la enfermedad.
En la intimidad de la cocina de carbón, mientras se preparaba la infusión de hierbaluisa, se sanaban también las heridas del ánimo. Ellas escuchaban las penas de los hombres que regresaban agotados del descorche o del carboneo y el llanto de los niños. Eran mediadoras en conflictos vecinales y expertas en la “medicina de la palabra” calmando los nervios y devolviendo la esperanza.
Eran ellas quienes recibían a los nuevos habitantes de la sierra como parteras expertas bajo la luz de un candil, y quienes preparaban con dignidad y respeto a los que partían. Su presencia era constante en los momentos más vulnerables del ser humano, ejerciendo una autoridad moral ganada a pulso por su honradez y entrega.
En definitiva, estas mujeres fueron las arquitectas de una sociedad solidaria. Su legado nos enseña que cuidar del prójimo es la forma más elevada de cuidar de la tierra. Sin sus manos, el corazón de los bosques habría dejado de latir hace mucho tiempo.
¿Sabías que el lentisco (Pistacia lentiscus) fue llamado “el chicle de la antigüedad”? Su resina, conocida como mástique, ha sido usada desde tiempos de los griegos no solo para la higiene bucal, sino por sus propiedades antiinflamatorias.
¿Qué remedio milagroso preparaba tu madre o tu abuela con lo que el monte le regalaba?
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