Me levanté en lo que parecía un caluroso día del mes de agosto, aparentemente normal. Era en esa rutina matutina que todos tenemos, serían poco más de las 8,30, cuando paseando sosegadamente por Los Barrios quiso mi mascota agacharse para hacer un acto tan peligroso e indecoroso para un ser vivo como es mear. De repente, en la distancia, un alucinógeno cortador de césped empleado municipal (quizás todavía sin pasar el último reconocimiento médico de la vista), intuyó o dedujo que tal vez el sanguinario animal que yo llevaba atado estaba profanando la hierba pública con una caca mortífera para todos los habitantes barreños. Este lince operario, cegado ante su percepción visual, no dudó en parar la supersilenciosa y nada contaminante cortadora de gasoil que manejaba y empezó fuertemente a gritar, un grito pelado: “¡al perro, al perro!, ¡qué se ha agachado!” (como si se tratara de un terrorista poniendo un coche bomba), para culparme a voces de toda la suciedad existente en la comarca en los últimos 15 años. Yo permanecí inmóvil unos segundos, asimilando la tragedia que había originado el pipí de mi insensible can sobre el césped. Un poco alterado ante el griterio y el estruendo de la cortadora in-sostenible que de nuevo arrancó, decidí acercarme para felicitar a este nuevo gran héroe local: “nos ha descubierto, señor operario, efectivamente mi perra y yo somos los culpables de todas las botellas de ron almirante que usted diariamente recoge en el parque, de los cartones de pizzas que barre sin falta de lunes a domingo, de los folletos tirados con las ofertas del Aldi y de todas esas bolsas y latas de refrescos que ensucian los jardines de Los Barrios.
Es más, tengo que decirle, que mi perra tiene la culpa de toda la contaminación que atraviesa la comarca, desde San Roque a Tarifa… ella, cada vez que se agacha, tiene esa poderosa e inexplicable fuerza. Fíjese, qué cosas puede hacer”.
En fin, simplemente permítanme decirles a ciertas personas, aunque no se lo crean , que tal vez quienes verdaderamente cuidamos y amamos a nuestras mascotas, mayoritariamente somos los primeros responsables de ellas y de sus necesidades físicas sólidas… cuando lo hacen, y claro está más si es un lugar de acceso público.
Y por cierto, insisto, le recomiendo muy seriamente que vaya al oculista o bien le pida a su jefe que lo libere de esa cortadora alucinógena, que le transforma en jardinero gritón que se dirige a un ciudadano de manera tan grosera, sin modales alguno, sin venir a cuento y sin disculparse ante su metedura de pata.
PD.Gracias al señor que presenció toda la escena y que luego amablemente se ofreció como testigo para denunciar al operario en cuestión por su arrogante actuación.
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