La oficina municipal de desinformación al consumidor, por A. T. Herrera

 

Permítanme que les hable desde el corazón, con la experiencia que le da a uno haber bajado al infierno dantiano, y vivir para contarlo. Con el don de la ubicuidad y la claridad prístina del que habla por la boca de la verdad. Qué quieren qué les diga… ni Caronte ha querido llevarme en su barca a la otra orilla, porque no tengo ni dos monedas que darle, y todo porque amortizaron mi puesto y me despidieron gratis, sin un duro, entre terribles sufrimientos y humillaciones públicas de toda índole. Sí señoras y señores soy aquel que siempre les ha atendido con diligencia y una sonrisa en la Oficina Municipal de Información al Consumidor (OMIC) de este caótico Ayuntamiento de Los Barrios. Otrora ha sido mi obra de arte de gran fama, ora no es más que un triste recuerdo.

Mi delito, trabajar; mi pena, tener una buena formación; mi error, un contrato de interinidad. Los tiempos no cambian y con esta crisis fundamentalmente de humanidad “en España, de cada diez cabezas, una piensa y nueve embisten” como reconocía el insigne poeta Machado; y he de decir que me siento despedido y corneado. Y mi dolor se acrecienta con el recuerdo desagradable de la embestida, sin peto, sin anestesia, sin un “gracias por el trabajo bien hecho”. Qué mala es la envidia y el revanchismo, que sesga las vidas de los más débiles siempre. Y no hemos sido uno ni dos, que ya somos legión los ejecutados sin un juicio sumario al menos. Ya ni el alcohol de romero, como decía mi abuelo – que también tengo -, cura las heridas aún frescas, sino más bien gangrena mis carnes. Escuchen lo que les digo, pues ya no tengo esperanza y vida, porque nada entiendo, desde que fui víctima de La Venganza de Don Mendo.

Qué buena “garantía de cambio”, que habéis cambiado mi fortuna y mi vida, que habéis mancillado la obra de tantos años de buen trabajo. Garantía de torsión de nomenclaturas; ahora ya podéis llamarla Oficina Municipal de Desinformación al Consumidor, sin duda. Allá se alimentan hoy los gusanos sobre mi cadáver aún caliente, y medran las plantas trepadoras y la fauna rastrera por doquier. Despídanse de servicios públicos como el de consumo, de la calidad, de buen hacer. Y no me hace falta ir a la notaria para dar fe de ello, palabrita de abogado mileurista que siempre apostó por hacer de su Oficina la mejor y que sólo albergó trabajar por y para el ciudadano. Es el único regusto dulce que me llevo, el haber atendido y servido a tantas buenas personas de este Mi Pueblo. Ahora desde mi Roca Tarpeya observo el panorama, y pienso en mis adentros como decía El Quijote, “yo se muy poco, y diría, y está muy puesto en razón que la desesperación no puede ser valentía”. Y no sólo denoto desesperación, diría yo, también vileza y locura, y la verdad no sabría diagnosticarles si se trata del tipo “furiosus” o “mente captus”, tendré que volver a echarle un vistazo al Derecho Romano o aclararme con un neurólogo.

Como murmuraba Machado, camino de su exilio, “todo lo que se ignora, se desprecia”, y en tal sentido veo que el servicio que prestaba ha sido despreciado y que mi persona no ha corrido mejor suerte, y creo que es un sentimiento compartido por tantos que han sufrido un despido tan humillante como injusto. La sabiduría y la razón hablan, mientras la ignorancia y el error ladrán. Con la serenidad del que ya nada tiene que perder, abrazando la verdad más absoluta, me da pena decirles que ya no hallaran en mi Oficina información, más bien apariencia y caos. A más de uno habría que recordarle las poéticas verdades de Zorrilla (…) ” y en medio año que mi presencia gozó, no hay lance extraño, no hubo escándalo y engaño en que no me hallare yo. Por donde quiera que fui , la razón atropellé, la virtud escarnecí, a la justicia burlé y a las mujeres vendí. Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé, y en todas partes dejé memoria amarga de mí”.

La nula catadura moral, la ruptura de lo construido, nos empobrecerán culturalmente y con alpargatas de esparto desenterraremos los viejos oficios de sazonador, mamón o mamporrero, que tan bien se le dan a más de uno en estos tiempos de “sálvese quien pueda”.

En una labor visionaria, François de La Rochefoucauld ya hablaba de las tres clases de ignorancias: no saber lo que debería saberse, saber mal lo que se sabe y saber lo que no debiera saberse, y créanme que he padecido las tres a la vez. Hasta cuando durará este padecimiento, no lo se… el señor de la toga oscura dará o quitará razones. Lo único que se es que ya no tengo trabajo y Ustedes, mis queridos ciudadanos, ya no tienen OMIC; por fin se ha obrado la metamorfosis kafkiana y ya tienen la Oficina de Desinformación al Consumidor, un invento con gaseosa y tinto de garrafón con etiqueta de “normalidad”, con unos nuevos responsables cum laudem de “vuelva Usted mañana” que le resolverán sus dudas con el Libro del Catón y el Ideal Andaluz en las manos.

Ahora más que nunca traigo a mi mente las proféticas palabras de aquel Ingenioso Hidalgo, aquél que vivió loco y murió cuerdo… “no huye el que se retira”, y, permítanme…, me retiro a velar armas, porque yo no soy de los que huyen. Se ha perdido esta batalla sí, pero aún nos queda por ganar la guerra desatada, y a fe que soy como las abejas, que picando se dejan las tripas.

Siempre vuestro, reciban mis mejores recuerdos, fue un placer atenderles y entenderles… hasta siempre.

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