Si Artemisa es la diosa de los bosques, su santuario más privado y sagrado en el Campo de Gibraltar es, sin duda, el canuto. En estas profundas gargantas excavadas por el agua en cuyos márgenes hay tan exuberante vegetación que olvidamos que estamos en nuestra tierra. Aquí, el agua no es solo un recurso, es la fuente y el origen de toda la vida, el hilo de plata que mantiene latiendo el corazón del PN Los Alcornocales.
Entrar en un canuto es retroceder millones de años. Gracias a un microclima único protegido de los vientos secos y alimentado por las nieblas persistentes, estos valles fluviales han conservado auténticas selvas.
Bajo la sombra de ojaranzos y laureles, sobreviven los “fósiles vivientes” de nuestro campo: los helechos de la Era Terciaria. Estos lugares no son solo paisajes, son verdaderos templos naturales donde la humedad se respira y la vida se refugia bajo un dosel verde esmeralda.
Este tesoro botánico no siempre fue conocido por la ciencia. Fue la incansable botánica neozelandesa Betty Molesworth quien, fascinada por la riqueza de los bosques de nuestra comarca, identificó y puso en valor la presencia del helecho, concretamente el helecho escoba (Psilotum nudum) , especie que se pensaba que era exclusivamente tropical y del que apenas existen 200 ejemplares en nuestra comarca.

Betty recorrió nuestras gargantas, demostrando que lo que los locales llamaban simplemente monte era, en realidad, un refugio único en Europa que había sobrevivido a las glaciaciones.
Los trabajos que realizó en la zona pueden considerarse los inicios para la creación del Parque Natural Los Alcornocales. Como reconocimiento a su labor en 1995 se inauguró en Los Barrios el parque Botánico Betty Molesworth.

Nuestra comarca es un mapa trazado por la humedad. Artemisa, como protectora de las fuentes y el agua dulce, nos guía por rincones de una belleza casi irreal. Imposible no mencionar la magia de la Garganta del Capitán (Algeciras) con sus pozas de agua cristalina que invitan al silencio y al respeto, el espectáculo de los saltos de agua del Arroyo del Salado como El Salto de la Crica (Jimena de la Frontera), las alisedas del soto del arroyo de los Frailes y las de Soto Gordo de El Chapatal (Castellar de la Frontera) y las cascadas ocultas en la inmensidad de La Almoraima, donde el sonido del agua al caer es la única música que rompe la paz del monte. Todos ellos lugares más emblemáticos de la naturaleza de nuestra comarca.
Esa misma agua, que nace pura en los canutos, es la que acaba abrazada en los grandes espejos de nuestra comarca: los embalses de Charco Redondo y Guadarranque. Ellos son los guardianes de nuestras reservas, el recordatorio constante de que cada gota que nace en la sierra es el sustento de nuestros campos y pueblos.

Tras años de sed, este invierno nos ha devuelto la banda sonora más hermosa de la sierra. Gracias a las abundantes lluvias, estamos siendo testigos de un renacimiento: los arroyos han recuperado su voz y los canutos están reviviendo con una fuerza que no recordábamos. Es un espectáculo ver cómo el agua vuelve a reclamar su sitio, inundando de vida cada rincón de la espesura de nuestros canutos.
Sin embargo, este resurgir nos recuerda la fragilidad de estos hilos de cristal. Aunque hoy celebremos la abundancia, sabemos que el cambio climático sigue siendo un desafío latente. Estas lluvias son un respiro, un milagro necesario para que los helechos milenarios y el frescor de nuestras gargantas no se pierdan. Proteger estos valles, ahora que los vemos en todo su esplendor, no es una opción, es una obligación moral con nuestra herencia natural. Como guardiana de las fuentes, Artemisa nos enseña que el agua es un regalo que debe ser custodiado con honradez. Hoy, más que nunca, debemos velar para que el rugido de nuestras cascadas nunca más se convierta en un silencio seco.
¿Sabías que los helechos no tienen flores ni semillas? Son plantas “mágicas” que se reproducen mediante esporas, un polvillo finísimo que esconden bajo sus hojas. Los antiguos creían que si lograbas ver florecer a un helecho en la noche de San Juan, obtendrías el poder de entender el lenguaje de los árboles.
¿Qué recuerdo guardas de un chapuzón en la transparencia de una poza o el rugido de una cascada en nuestro parque?
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