NOVENA PROVINCIA

Liza

 

La vida de Liza se acabó a los cuatro años. Murió víctima de la guerra en Ucrania, porque tuvo la mala suerte de encontrarse en un punto al suroeste de Kiev donde cayeron varias bombas rusas.

Liza tenía síndrome de Down. El dato no debiera aportar más dramatismo al caso, pero lo apunto porque supongo que lo último que se le pasó por la cabeza a sus padres cuando nació Liza era enfrentarse al doloroso trance de hacerle entender primero qué significa una guerra y finalmente tener que enterrarla como una víctima más de la guerra. Esos esfuerzos de sus progenitores para la integración de Liza imagino que se fueron al traste cuando la vida de todos los ucranianos cambió por obra y gracia de Vladimir Putin y sus ansias de expansión a cualquier precio.

El caso de Liza ocupó unos segundos en los informativos de televisión esta semana pasada. Incluso algún minuto. Supongo que, porque era una niña, tenía 4 años y también -admitámoslo- porque tenía síndrome de Down. Si no, ya ni saldría. Como tampoco en las páginas de las ediciones impresas de los periódicos ni tampoco en los primeros lugares de las ediciones digitales. Porque -admitámoslo también- parece que ya estamos un poco hartos de la guerra en Ucrania. Es más, ahora lo que nos preocupa seriamente no es que caigan bombas y mueran más niñas como Liza o los padres de la chiquilla, sino que haya que pasar un invierno en Europa con algo más de frío. Nos irrita eso de tener que usar menos el aire acondicionado o igual no tener toda el agua caliente que nos gustaría y a todas horas. Por eso mismo empieza a extenderse incluso un sentimiento de que quizás Ucrania debería sacar la bandera blanca y negociar la rendición, de manera que nos libraríamos todos de las incomodidades que se avecinan, tendríamos garantizado el invierno con gas ruso para calentarnos y hasta disfrutaríamos una rebaja progresiva en la inflación.

Ya puestos, solo nos falta espetarles a los padres de Liza que la culpa es suya por haberla expuesto al bombardeo o no haber huido hacia una zona segura. O haber emigrado del país en los primeros días del conflicto bélico…

Es lo que tiene la comodidad de vivir en el Primer Mundo: tenemos un estómago a prueba de bombas -nunca mejor dicho-, de manera que nos vamos adaptando a casi todo con tal de no sacrificar nuestra comodidad.
Así que ya sabes, pequeña Liza, nuestras lágrimas de estos días eran de cocodrilo.

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