DESDE MI ALDEA

No hemos aprendido nada, ni nunca lo haremos

 

Cada vez que vemos películas de catástrofes naturales podemos observar que todas tienen algo en común. Minutos, he incluso horas antes de que se acerque el desastre los animales nos anuncian de su llegada. Graznidos de pájaros, desbandadas y nerviosismo en los domésticos se producen mientras el ser más racional que habita nuestro planeta continúa impertérrito con sus quehaceres diarios bajo la nula sensación de alarma. Esta situación descrita no es fruto del guionista ni de su afán de comenzar el rodaje con un máximo de tensión y dramatismo, la ceguera propia del humano ante cualquier calamidad es similar a cada lado de la pantalla, ya que en la vida real podemos sentir como pasa a nuestro lado la brisa fría y terrible de cualquier desgracia sin que esto cambie nuestro rumbo; ya lo dice nuestro refranero popular, el ser humano es el único animal que tropieza tres veces en la misma piedra.

No, no hemos aprendido nada. Hemos dedicado mucho esfuerzo, mucho tiempo y mucho dinero en desarrollar sistemas de alarmas que vengan a sustituir el sentido innato de los animales para estar prevenidos. Hemos creado una coraza, creyéndola infranqueable, bajo la que nos olvidamos que un ser diminuto, microscópico es capaz de poner en jaque el orgullo y la prepotencia de creernos superiores.

Hoy hemos desayunado oyendo en los informativos que estamos en una “meseta” anunciadora de un nuevo repunte de la incidencia en breve plazo. Estamos hablando de la cuarta ola y nosotros, como los de las películas, vemos los animales correr despavoridos mientras nos tomamos la vida a sorbos en una terraza o compramos cuarto y mitad de desgracias en las colas del super.
No, no hemos aprendido nada, ni nunca lo haremos. No tenemos tiempo para ello, tenemos que poner al día nuestras agendas: la comunión del niño, el cumple del abuelo, ese finde en la casita del campo, esa escapada a la playa o recibir a nuestro equipo tras el último triunfo. No queda tiempo para más, solo para encomendarnos a la buena esperanza de que la brisa fría de la tragedia solo la sintamos al otro lado del cristal del televisor.

Nuestro Talón de Aquiles ha quedado al descubierto. No hemos aprendido nada. Podrán venir innumerables olas, que nos zambulliremos en ellas tras ungir nuestro cuerpo de la soberbia que nos separa de los que huyen de los peligros. No hemos aprendido nada. Nunca veremos venir los nubarrones mientras mantengamos la cabeza gacha contando las monedas de nuestros bolsillos. No hemos aprendido nada. Siempre regalaremos consejos en público para luego pisotearlos de puertas para dentro. No hemos aprendido nada. No respetaremos las normas ni para llorar a nuestros difuntos, aquellos que se fueron por la tozudez del ser humano que nunca aprenderá nada.

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