NOVENA PROVINCIA

No los podemos olvidar

 

¿Recuerdan cómo se llamaban los hijos del asesino José Bretón? Ya se los digo yo: Ruth y José. Tenían 6 y 2 años, respectivamente. Estas dos criaturas fueron asesinadas por su padre y sus restos fueron incinerados por ese padre. El 22 de julio de 2013 se condenó a José Bretón a 40 años de cárcel. Y, ahora, casi nadie recuerda ya el nombre de esos niños.

Aunque lo peor de todo es que se siguen produciendo asesinatos parecidos. El caso de Olivia y Anna, las niñas de Tenerife, es uno de ellos.
Es imposible predecir que algo tan tremendo pueda ocurrir, saber en qué momento un padre o una madre decide acabar con la vida de sus hijos o saber los planes del asesino con el tiempo suficiente para evitar el crimen.

Nadie, salvo el propio asesino, es responsable de ese acto; nadie, aunque un cura imbécil lo diga e insista poco después en que la culpa es de la infidelidad o de no aguantar todo lo que hace o dice una pareja.

Es imposible evitar estos crímenes, pero lo que si estamos obligados es a recordar a esos niños asesinados, a convertirlos en un símbolo que sirva para luchar contra la violencia de género y contra la violencia vicaria (violencia por sustitución que es aquella violencia contra la mujer que ejerce el hombre violento utilizando como objetos a las hijas o hijos para hacerle más daño a la mujer).

No sirve de nada que nos rasguemos las vestiduras ante un crimen como este si no aprendemos nada, si no somos capaces de concienciar de verdad a todos de lo brutal, inhumano e inservible que resulta hacer algo así. No sirve de nada que nos indignemos si a los quince días ya nos hemos olvidado, si vivimos de lo inmediato y no procuramos que algo tan perverso se grabe a fuego en la consciencia colectiva para que no vuelva a suceder. No sirve de nada un llanto colectivo efímero si siguen mandando las audiencias televisivas.
Estamos construyendo un mundo vacío de valores, estamos intentando dar sentido a una forma de vida en la que cuenta demasiado lo material. No somos lo que tenemos, somos lo que amamos, recordamos, sufrimos, reímos, lloramos o colaboramos.
Espero que el dolor que ha causado el padre y asesino de Olivia y Anna se pueda mitigar (si es que eso es posible) con una avalancha de esfuerzos para evitar que vuelva a ocurrir algo semejante. Espero que nadie se olvide del nombre de todos los niños asesinados por su padre o su madre. Espero que Ruth, José, Olivia y Anna se conviertan en el símbolo que tanto necesitamos para acabar con una lacra que una sociedad moderna no puede consentirse si quiere progresar.

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