Juan José López Pomares/ Lima. Perú
Plaza de Acho (1766). Corrida de la Beneficencia, Cuarta de abono de la Feria del Señor de los Milagros. Casi lleno. Accidentada corrida con el segundo toro devuelto al quebrársele un cuerno desde la base en el tercio de varas, saliendo el sobrero, y saltar un espontáneo en el quinto, los dos del lote de Castella, que no tuvo su tarde.
Matadores: Enrique Ponce, ovación con saludo y dos orejas; Sebastián Castella, palmas y silencio; Miguel Ángel Perera, dos orejas y ovación.
Ganadería: Toros de Roberto Puga, de Lambayeque, Perú. Pequeños, faltos de fuerza y en general gazapones. Un par de bizcos. Muy protestados. Mala presentación de esta afamada ganadería que ha dado en varias ocasiones toros que se alzaron con el Escapulario de Plata, máximo galardón que se concede en el coso limeño a las reses bravas.
Enrique Ponce no tuvo suerte con el que abrió el festejo, un colorado girón que fue el único en pasar de los quinientos kilos (509) y que sólo tuvo algo de fuelle con el capote. El de Chiva, a pesar de las voces que le pedían abreviar, echó mano de su sapiencia para sacarle a un astado sin recorrido una faena que parecía imposible, pegándose mucho y poniéndole la muleta pegada a la cara. A pesar de la flojera del toro le sacó petróleo con naturales a cámara lenta con la izquierda, rematando con el de pecho.
Pinchazo y media estocada. Ovación por su desempeño y primeros pitos para el ganadero en el arrastre.
Sabio, el primero de Castella, exhibió buenas maneras nada más pisar el albero. Bravura y nobleza que permitieron al francés lucirse al capote, primero con verónicas y luego con una serie de chicuelinas con las que puso al colorado delante del caballo, pero en el primer encontronazo el toro se golpeó malamente con el estribo y salió con el cuerno derecho gacho. Bronca en los tendidos, que pedían el sobrero. Perplejidad en Castella, que miraba a la presidencia. El toro a lo suyo, todavía mostrándose bravo tras salir desgraciado.
Después de varios minutos de mucho jaleo, con carracas y silbatos que mostraban el enfado del público, se envió la res a los corrales. Le sustituyó Montonero, un lombardo que dio juego con el capote, con la puya y con las banderillas. Sebastián Castella alternó derechazos y naturales en una lidia impecable que arrancó olés y aplausos. Habría tocado pelo si no hubiese estado fallón con el estoque. Tres intentos y descabello.
Pitos a la salida del primero de Perera por su pinta de novillo. Sin embargo, el zaíno demostró empuje y nobleza, dándole al de Puebla del Prior (Badajoz) la oportunidad de bordar una gran faena de muleta y al respetable de desgañitarse en olés. Educado resistió y cuando empezó a flaquear Perera se le acercó para que no perdiera el hilo. Estocada hasta el fondo y dos orejas.
Enrique Ponce tenía ganas de desquitarse y Favorito se lo permitió. Algo bizco, como su primero, y negro bragado, todo lo que le faltaba de peso lo tuvo de bravo.
El triunfador por tres veces de la Feria del Señor de los Milagros quiso agradecer al público el cariño que le profesa cuando pisa Lima y lo hizo con una faena memorable de principio a fin. Con doblones le ajustó el brío al toro. Luego ligó series de naturales y ayudados, rematando con el de pecho y de desdén. Molinetes, desplantes, furor en los tendidos. Gran estocada entera que fulminó a la res. Dos orejas muy merecidas.
En los dos últimos toros no hubo mucha historia. Faenas deslucidas por la falta de fuerza de los astados.
En el quinto, un maletilla se tiró al ruedo y arrancó un par de pases cuando Castella iba a iniciar la faena de muleta. El galo, molesto por lo sucedido y porque el toro no se arrancaba, abrevió, con tan mala fortuna que lo intentó varias veces con el estoque y tuvo que concluir con descabello.
En el sexto de la tarde, Perera se encontró con una situación similar a la de Ponce en su primero. Mucha voluntad, técnica y oficio por parte del torero y escasez de fuerzas por la del toro, que como la mayoría de los lidiados esta tarde perdió demasiado gas tras ser picado brevemente. Buena faena del extremeño, que al final falló con el acero.
Tras la corrida, visita al mítico Bar Cordano para terminar la tarde hablando de toros en torno a unos cafés.








