Hay líderes que no gobiernan con ideas, sino con amenazas.
Que no entienden el mundo como un lugar compartido,
sino como un tablero de Monopoly, donde unos países son hoteles y otros simples casillas que se pisan.
La postura de Donald Trump frente a países como
Venezuela no nace de la preocupación por los derechos humanos, sino de una lógica brutal y simplista:
el que no se somete, se castiga.
Venezuela no es solo un país castigado: es una despensa estratégica.
Tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo, enormes bolsas de gas, y minerales críticos que hoy son oro puro en la geopolítica: cobalto, coltán, oro, además de una posición geográfica privilegiada.
Y aquí está la verdad incómoda:
El petróleo mueve guerras desde hace más de un siglo.
El cobalto y los minerales estratégicos son esenciales para baterías, tecnología, armamento, transición “verde”…
El gas es poder, chantaje y control de mercados.
Trump no habla de pueblos,
habla de negocios.
No ve niños, ve cifras.
No escucha historias, escucha barriles de petróleo, metros cúbicos de gas, minerales estratégicos que alimentan su industria
y su ego. Su discurso es el del matón del patio del colegio que confunde fuerza con razón y amenaza en nombre de una libertad
que solo aplica a los suyos.
Libertad para las multinacionales, para los mercados, para los intereses privados.
Pero nunca para los pueblos que deciden no arrodillarse.
Venezuela no es un enemigo, es una tierra rica condenada a pagar el pecado de tener petróleo, gas y minerales en un mundo donde la codicia manda más que la vida.
Las guerras modernas no siempre suenan a misiles;
a veces suenan a bloqueo,
a sanciones que asfixian,
a hospitales sin recursos,
a estómagos vacíos,
a familias rotas por una emigración forzada
que luego se criminaliza.
Y mientras tanto, los poderosos brindan, las empresas firman contratos,
y el pueblo entierra a los suyos.
Estados Unidos no lanza castigos por democracia,
ni presiona por humanidad.
Lo hace por intereses, por mantener el control, por decidir quién manda y quién debe obedecer.
Trump representa esa política sin alma que cree que el mundo es suyo
porque tiene más armas, más dinero y menos escrúpulos.
Una política que no negocia,
ordena, que no dialoga,
impone. Que no construye,
arrastra.
Pero hay algo aún más grave en su legado:
la normalización de la crueldad.
Decir en voz alta lo que antes se hacía en despachos oscuros.
Amenazar sin pudor.
Presumir de mano dura
como si el sufrimiento ajeno
fuera una medalla.
Convirtió la política internacional en un espectáculo de testosterona y desprecio, donde humillar al débil era liderazgo y la empatía una debilidad.
No buscó soluciones, buscó sumisión. No quiso acuerdos, quiso vencedores y vencidos. Y lo más peligroso no es solo lo que hizo, sino lo que legitimó.
Abrió la puerta a que otros líderes copien ese modelo:
menos diplomacia, menos humanidad, más castigo,
más ruido, más muerte maquillada de interés nacional.
Porque cuando un presidente poderoso
trata a países enteros como basura prescindible, el mensaje es claro:
la vida vale lo que valen tus recursos, tu obediencia,
tu utilidad.
Ningún barril de petróleo
vale más que un niño con miedo. Ninguna bandera
justifica el hambre impuesta.
La democracia no se exporta con sanciones.
La libertad no cae del cielo en forma de bombas.
No es odio a la gente común, es rechazo a un sistema imperial que convierte países en botines
y vidas en daños colaterales.
Es asco ante la hipocresía
vestida de patriotismo
y ante líderes que juegan a ser dioses mientras los pueblos entierran a los suyos.
Decirlo, escribirlo, insistir
no es rabia inútil:
es memoria en voz alta.
Es negarse a aceptar que esto es normal.
Es recordar que la política sin ética no es gobierno:
es violencia organizada.
Noticias de la Villa y su empresa editora Publimarkplus, S.L., no se hacen responsables de las opiniones realizadas por sus colaboradores, ni tiene porqué compartirlas necesariamente.
Etiquetas:





