En torno a la palabra «trabajo» se desarrollan varias ideologías que, en sintonía con el desarrollo de los modos de producción que siempre han explotado a las personas, ensalzan las bondades y la necesidad, tanto psicológica como social, del trabajo. La última encíclica del papa León XIV , titulada Magnifica Humanitas («Magnífica Humanidad», en español), fechada el viernes 15 de mayo de 2026, dedica una buena parte a la relación del trabajo con la inteligencia artificial (IA). Por el grado de influencia que sin duda el papado aún conserva entre los fieles creyentes católicos, y por la no menos relevante proyección internacional que tiene, conviene tener conocimiento de ella. Aunque realiza consideraciones morales sobre la actualidad de los desarrollos tecnológicos, sigue ligando la dignidad de las personas al trabajo. Cita la encíclica Rerum Novarum, publicada también un 15 de mayo, pero de 1891, por León XIII, que «sitúa en el centro de su reflexión la dignidad del trabajo y del trabajador, afirma el derecho a un salario justo para uno mismo y para la propia familia, reconoce en las personas un valor esencial que prevalece sobre el capital y el beneficio…».
Las constantes referencias a que el trabajo dignifica a las personas han calado tanto, tanto, que hay quienes se sienten indignos por no tenerlo y hay quienes consideran indignos a quienes no trabajan. Es más que evidente que en muchas culturas, particularmente en la occidental, funciona un culto al trabajo. Su influencia se manifiesta a través del lenguaje. ¿Qué dice la Real Academia Española al respecto?
La RAE, que etimológicamente afirma que la palabra trabajo proviene «del latín vulgar tripaliāre ‘torturar’, derivado del latín tardío tripalĭum ‘instrumento de tortura compuesto de tres maderos’», define trabajo de diversas formas en función de los distintos ámbitos donde se usa: económico, físico, sociológico y personal. En el ámbito laboral, es la acción y efecto de trabajar: el esfuerzo personal para producir un bien, una ocupación retribuida. Como resultado de la actividad personal o colectiva, se utiliza como calificativo: una obra, por ejemplo este arreglo o invento…, es «un gran trabajo». Igualmente se utiliza para expresar la dificultad, el impedimento o el perjuicio para conseguir un objetivo: «costó trabajo hacerle entrar en razón…». Se utiliza también para reflejar penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz. Y, por último, se emplea con un sentido propio de la física: «cantidad de energía que se transfiere a un objeto cuando una fuerza lo mueve a lo largo de una distancia».
¿Por qué se relaciona el trabajo con la dignidad humana? ¿Es que un ser humano, per se, no es ya digno? ¿Podría pensarse que los sistemas económicos que sostienen el enriquecimiento de unos pocos a costa de la explotación de muchos precisan de justificaciones ideológicas para legitimar esa explotación?
Si las personas son dignas en sí mismas, no precisan de añadidos. ¿Cabe en esa afirmación establecer una gradación? Como personas, como seres humanos, ¿es posible determinar una mayor o menor dignidad? La relación entre dignidad y trabajo es perversa, porque no se es más digno con trabajo o sin él. Hay, sin duda, quienes piensan que hay trabajos y trabajos, y posiblemente ahí se encuentre la clave de este ronroneo dignatario. Simplificando: A) Hay un ámbito donde el trabajo es una actividad realizada para un tercero, que se apropia de la plusvalía que el trabajo ajeno le reporta. B) En el ámbito de las relaciones sociales, hay actividades socialmente necesarias que no conllevan apropiación de plusvalía: todo el valor que añade la actividad socialmente necesaria queda para la comunidad. Es evidente que en el lenguaje coloquial a todo se le llama trabajo, pero esa confusión genera la contradictoria referencia a que el «trabajo» dignifica a las personas.
Partamos de que las personas no pueden ser ni más ni menos dignas de lo que son. El ser persona atribuye un estatus que no admite calificativos. Alguien comentará que no todas las personas son buenas, que hay mejores y peores personas. Y es cierto. Pero, para evitar segregaciones y exterminios, las sociedades han ido aprendiendo de la historia y entienden que todas las personas son dignas y sujetos de derechos (también de deberes), sean buenas o malas. Esto encaja con la
formulación de las leyes, que, aunque alguien sea un asesino o una asesina confesos, no impide que se les trate dignamente, como los seres humanos que se supone que son.
La evolución de las tecnologías, tanto en la formulación, coordinación y ejecución de procesos como en la robótica, permite afirmar que ha llegado la hora de eliminar el tripalium para toda la humanidad en su conjunto. El viejo axioma de los anarquistas parece confirmarse, y hoy, más que nunca, los vientos de la historia propician aquello de «que trabajen las máquinas». Porque desde el anarquismo siempre se ha considerado que la actividad humana debe ejercerse libremente, y en este modelo social la obligación de trabajar está impuesta, ya que quien no se aviene al contrato laboral no obtiene los medios para poder sobrevivir. Lo que mal se denomina trabajo vocacional es, en realidad, la realización de actividades socialmente necesarias para la comunidad, como la de quienes investigan en busca de remedios para una sociedad más saludable, aunque lo hagan por cuenta ajena.
La inteligencia humana ha venido creando máquinas que deberían aliviar las penalidades del trabajo. Sin embargo, la apropiación privada, muy concentrada en pocas manos, ha permitido mantener la actividad laboral por cuenta ajena —esclava, servil u obrera, sinónimos todos ellos—.
Las nuevas tecnologías en manos privadas no propician mayor libertad laboral, reducción de las jornadas de trabajo, mejor reparto de las plusvalías que se generan, mejores salarios, más tiempo vacacional ni reducción de la edad de jubilación. Las tecnologías en manos privadas mantienen las penosas condiciones de trabajo a costa de reducir el número de personas empleadas, lo que aumenta la acumulación de riqueza, el desempleo, el endurecimiento de las condiciones laborales y la edad de jubilación, además de generar incertidumbre y desesperanza, auspiciando un futuro inmediato sin trabajo y sin pensiones. La dignidad de las personas impide la esclavitud a la que se somete a toda la sociedad en su conjunto.
Ya va siendo hora de que la tecnología, que es la resultante de todo un esfuerzo colectivo de la humanidad en su conjunto, sea controlada públicamente. Mientras esto llega, que al menos las máquinas y tecnologías que permiten el aumento de la productividad en las empresas paguen impuestos, y que con esos impuestos se garanticen las rentas básicas y las pensiones, todas ellas dignas. No conviene sacar de estas reflexiones la conclusión de que son un canto a la vagancia. Este enfoque exige afirmar con contundencia que la dignidad de la persona reclama no solo recibir de la sociedad según su necesidad, sino también, y con más veras, aportar a la sociedad según su capacidad. Ninguna persona puede exigir que se le socorra si no está dispuesta a socorrer a los demás.
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