SOBRE NUESTRA VIDA

¿Sabes qué es el amor?

 

El pasado domingo celebramos el día de la madre, día en el que recordamos a una persona que marcó nuestra vida, especialmente en cuanto a nuestra capacidad de amar. Nuestra madre es nuestro primer amor, la persona más importante de nuestra vida. Dicen que el niño daría la vida por su madre; el vínculo del hijo hacia su madre es tan fuerte que por mucho que queramos, por mucho dolor que haya causado una madre que no sabía amar – no podemos negar este amor.

Pero a todo esto: ¿Qué es amar?

Hace años, un amigo me dijo una frase que nunca olvidé: el que ama le desea al otro que sea feliz, aunque tenga que perderlo. Fíjense lo que significa: si veo que no eres feliz a mi lado, he de dejarte marchar; si te amo, he de apoyar tus decisiones que tomas, aunque te alejen de mí.

Este concepto del amor universal, se hace más claro desde la relación madre-hijo: él bebe nace, siendo parte de mí como madre. Y poco a poco se hace cada vez más independiente. Durante unos años su dependencia es tanta que a veces nos agotamos, ya que muchas necesidades propias se quedan en segunda fila. Pero de repente se acabó esa necesidad de mí como madre. Y ahí está, con sus 18, 20 o 24 años: se marcha, y no sabemos cuándo volverá. Cuando dejé a mi hijo en el tren para comenzar su vida de adulto tenía esa sensación: me han quitado un cachito de mí. Y, aun así: siempre estará conmigo, por muy lejos que esté, porque el vínculo no se corta por la distancia.

Dejar ir y desearle lo mejor para su vida nueva, este sería el proceso natural. “Sabiendo que eres feliz, hija, soy yo feliz también”, me dijo mi madre desde que me marché a otro país. Ella no tenía más remedio que soltarme – primero me marché a la universidad, este fue el primer paso hacia mi independencia. Una vez terminado esta etapa, abandoné mi tierra, mi pueblo, dejando atrás a mi madre, padre, hermanos y amigos. Mi madre supo que yo era feliz aquí, y es eso lo que hizo: soltarme y bendecirme. Desearme suerte y felicidad.

Esto es amor: desear que la persona encuentre su camino. Esto también es el amor de un amigo. Y en realidad, es amor sin más. Todo lo contrario, no lo es. Todo lo demás es egoísmo. Desear que renuncie a su vida, que se quede a tu lado cuidándote, descuidando de sí mismo y sus propias necesidades; pensando solo en los demás, y nunca en sí mismo. Esto no es amor. Ni a sí mismo ni al otro.

Aquí la dificultad en este asunto: no podemos “protegernos” del amor. Ni del dolor. Ya que el amor siempre dolerá. Siempre sufriremos con los seres con los que sentimos una conexión, y si son los hijos – muy difícil será diferenciar entre “tú” y “yo”. Mi hijo es yo, de alguna manera. Es un cachito de mí. Así lo vivo yo como madre. Pero no es necesariamente esa la experiencia que vive mi hijo. Más le vale que no se sienta como “cachito de mí”. Este tipo de amor no es viceversa. Ni debe serlo. Él, cuando crece, se vuelve una persona propia, y comienza a crear su propia identidad. Un hijo siempre sentirá la conexión con su madre, pero ese vínculo no tiene que – ¡no debe! – condicionarlo.

Aquí el problema con el amor: desde que nacimos, nos hemos sentido condicionados porque necesitamos a los demás; sabemos que no podemos sobrevivir sin amor. ¡No podemos! Sin embargo, amar nos causa mucho dolor, hay muchas heridas sin cicatrizar dentro de todos y cada uno de nosotros. Así estamos, en constante defensa, procurando controlarlo todo para que no duela la sensación de abandono, rechazo, desamor.

La cosa no es fácil, y, no obstante, es sencilla: necesitamos amor. Necesitamos amar. Y por ello, hemos de aprender a soltar. ¡Suena contradictorio! Aparentemente. Pero lo que no hemos comprendido en este asunto es que el amor del adulto no es igual a dependencia. El amor adulto es crear vínculos nuevos y sentir la conexión hacia los demás seres humanos, sin la necesidad de atar a nadie.

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