NOVENA PROVINCIA

Un quinqué

 

La escalada del precio de la luz arranca en este septiembre de exageración en exageración, de barbaridad en barbaridad, hasta el punto en que uno cree que no es posible más y, de golpe, nos viene otro récord de subida. Ya no existe ese concepto de hace unos meses (en invierno pasado) en el que se nos hablaba de “pobreza energética” cuando una familia pasaba mucho frío porque no podía encender la estufa eléctrica.

Hoy ya este concepto nos afecta a todos y nos hace recordar con la oscuridad de nuestros ancestros, cuando el candil era un instrumento tan de andar por casa como hoy lo es el móvil.

Mi padre lo llamaba “quinqué” y ahora recuerdo aquellas noches de nuestra niñez en que constituía una aventura el que se fuera la luz a la inoportuna hora de comer y tuviéramos que hacerlo a la luz del quinqué. Recuerdo que el plato, que estaba casi en penumbra, como los rostros de mis padres, me parecía no solo más sustancioso y grande, sino que todos agudizábamos más el oído, como alimañas aplastadas por el ciego porvenir, sobre todo si al apagón se unía una tormenta, que también solía, y la llama del quinqué bajo el cristal también bajaba de manera súbita a punto de apagarse cuando toda la casa se iluminaba por un relámpago.

Todo esto se acababa cuando volvía la luz y guardábamos el quinqué en la zona de la despensa a la espera de la siguiente aventura que bien podía ser el mismo día siguiente.

Dicen los que entienden de esto, que deben ser muy pocos los que entienden la misma factura –porque uno mira la factura y se siente cada día más analfabeto- que el megavatio va a costar mañana mismo los 300 euros.

La mezcla de euros con el recuerdo del quinqué me lleva a pensar en pesetas. Más de nueve mil duros, hubieran ajustado esta subida y lo dirían con ese tono reprimido que nos proporcionaba la época franquista.

El mayor misterio de ahora es que todos los políticos, desde un extremo hasta el otro, se dedican a contarnos el cuento del lobo cuando están en la oposición, pero basta conque lleguen al gobierno para que lo desmitifiquen todo y nos digan que lo del lobo es eso, un cuento; que lo único que pasa es que hay que pagar y punto, porque el misterio de la luz no depende de ellos, y que al final del año, seguiremos tan pobres como al principio. Ni pobreza energética ni leches, a pagar y punto. Y lavas a las doce de la noche y dúchate con agua fría.

Lo triste es que lo seguimos diciendo con el mismo tono reprimido que cuando la época de Franco.

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