Después de los últimos acontecimientos, la estancia de Geli Ariza en el PSOE se presume corta. Esto tiene pinta de que ambos no acabarán bien y el divorcio político se dibuja ya nítidamente en el horizonte. Mucho han tardado.
Aparte de los resultados electorales que se den el próximo año y que estarán marcados por este turbulento mandato, el cambio en la alcaldía ahora, además de ser necesario, es casi una cuestión de salud pública.
El caso de la todavía alcaldesa es digno de estudio. La colocaron en la alcaldía sin merecérselo y sin que nadie quisiese ver los estragos que por entonces había causado en las concejalías que tituló, sobre todo contra algunos trabajadores. Unos fueron condenados al ostracismo a pesar de su profesionalidad contrastada y otros perseguidos y maltratados psicológicamente, dándose incluso algún caso de mobing no denunciado.
Tampoco se sabe nada de la gestión económica que hizo la regidora en aquellas delegaciones, que iban por libre y en las que montó un sistema muy parecido a un búnquer. Algunos retazos salieron a la luz, apuntando a que benefició a la empresa de uno de sus hijos, incluso se aireó el tema en un pleno por parte de la oposición, pero aquello no fue a más, salvo un intento de adjudicarle un nuevo contrato. Esas delegaciones están hoy en manos de Pilar Olivares, ésta y Montserrat Almagro son el único apoyo que le queda en el equipo de gobierno.
Cuando accedió al poder le prepararon el terreno para que pudiese solventar las nóminas de los primeros meses con desahogo, pero en vez de ponerse a gobernar para sacar al ayuntamiento de los evidentes problemas económicos que padecía aprovechó esa paz social para emprender una cruzada, primero contra Juan Montedeoca, Antonio Rodríguez y Estefanía Ruiz, luego contra cualquier bípedo que se atravesase en su camino, siempre mostrando ante el prójimo una falta absoluta de educación, que es precisamente en lo que es licenciada.
Ni siquiera contuvo su pedantería y engreimiento ante el responsable de la ejecutiva provincial de su partido, Francisco González Cabaña, que debió quedarse a cuadros preguntándose “¿de dónde han sacado a ésta?”.
Es evidente que su interés no era ni es gestionar. No sabe, y es un hecho palpable. Únicamente le atrae el poder, estar en la cima. Ya ni se acuerda de los saharauis como no sea para hacer turismo: su visita a Aminatu Haidar fue para hacerse una foto. Tampoco ha recortado gastos y sí los ha aumentado. Ha formado su propio círculo de favorecidos.
Su megalomanía también la llevó a abrirse otro frente con el secretario local socialista, Alonso Rojas, al que empezó a pisarle callos aunque le debía el puesto. El ex alcalde es para ella la excusa fácil, el don Tancredo al que podía echarle los morlacos del desastre económico y presuntas corruptelas, como si ella no contase con su propio bagaje de irregularidades desde antes de llegar a la alcaldía y no hubiese propiciado un agujero mayor en las cuentas.
Su problema es que se creyó Catalina la Grande y a pesar de estar bien alimentada sólo se ha quedado en Geli la Breve. Ha estado un año ella solita mangoneando a sus anchas, pues no hay que olvidar que se hizo con todas las delegaciones importantes. En ese tiempo no ha sido capaz de tomar ni una sola medida tendente a mantener la pujanza económica del municipio y tampoco se ha preocupado por evitar el colapso de las arcas municipales. Entre la crisis y ella, que es aún peor, Los Barrios ha involucionado. No es que sea políticamente mala, es una plaga y necesita el tratamiento adecuado.
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